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lunes, 28 de junio de 2010

“Estaría bueno que la Justicia pregunte a Legrand lo que sabe de esos años"


Entrevista exclusiva con Julieta Panebianco, la sobrina nieta de la conductora de televisión.

El martes 15 de junio la señora Mirtha Legrand sacudió el solemne y acartonado almuerzo de su programa para confesar con cara de circunstancia que una sobrina suya había sido secuestrada junto a su marido durante la dictadura y que gracias a su gestión había logrado que la liberasen a las cuarenta y ocho horas. La conductora explicó al aire que le solicitó ayuda primero a los interventores de Canal 13 y después al ministro del Interior de Jorge Rafael Videla, el general Albano Harguindeguy. “A mi sobrina la liberaron, pero al marido no”, precisó.
La sobrina de la conductora tiene nombre y apellido: María Fernanda Martínez Suárez. Su hija, que tenía pocos meses de vida cuando secuestraron a sus padres, también: Julieta Juana Panebianco. Tiene 33 años y desde que su distante tía abuela dijese lo que dijo en su programa, un nuevo cimbronazo sacudió su vida. Miradas al Sur estuvo con ella en una taberna de San Telmo. Tenía ganas de repasar y contar su historia. Y no con cualquiera.
–¿Cómo te enteraste de las declaraciones de Mirtha Legrand?
–Leyendo los diarios al día siguiente. En un principio me quedé en blanco y después me puse muy nerviosa. Busqué en internet el video con las declaraciones. Yo no recuerdo que mi mamá haya dicho que había escuchado el sonido de trenes y, además, eso no lo declaró en sus testimonios.
La conductora había dicho que su sobrina, en cautiverio, había escuchado el pesado sonido de varios trenes.
–Mi mamá al principio pensó que habían estado en el Regimiento de Patricios por la distancia del trayecto desde nuestro departamento hasta su destino final, y porque todavía no estaba extendido el conocimiento de los centros clandestinos de detención. La detuvieron militares y conectó con ese regimiento donde hay militares. Mis dos abuelos, materno y paterno, enseguida hicieron los trámites de habeas corpus . Toda la familia se movilizó por mis padres, y sabían que Legrand había hecho gestiones con los milicos para que larguen a mi vieja, pero mi mamá no declaró en sus testimonios judiciales que le hayan dicho que la habían soltado por ser la sobrina de ella.
–¿Por qué pensás que habla ahora, más de treinta años después?
–No es casual. Hacía poco se había solidarizado con Ernestina de Noble y como está a punto de estallar todo por el aire con el caso de sus hijos apropiados, ahora se quiere despegar. Es obvio que al menos uno de esos chicos es apropiado. Fue una barrabasada solidarizarse con la Noble.
–¿Legrand tiene que declarar en la Justicia sobre sus dichos?
–Estaría bueno que la Justicia le pregunte qué sabe de todo lo que pasó en esos años. No sé si sabe mucho o no, o si les preguntó a los milicos qué hacían con las personas secuestradas. Pero claro que sí, que aporte todo lo que sabe porque cualquier cosa que sume nos sirve a todos nosotros para conocer mejor lo que pasó en la dictadura, un período de nuestra historia que todavía algunos quieren tapar.
–¿Qué te pasó a vos?
–Me impresionó mucho que se contara parte de mi vida en los medios. Igual tuve que salir a aclarar algunas versiones que se difundieron sobre mi papá ( NdelR : se había dicho que el cuerpo de su padre había sido identificado). Es real que Mirtha hizo gestiones por mi mamá, y con eso no puedo ser ingrata. Pero su rol de comunicadora a lo largo de los últimos veinticinco años, ante semejante genocidio, es reprochable. No está y nunca estuvo conectada con lo que realmente pasó en Argentina en los años de la dictadura. Y además desconoce lo que pasó con la búsqueda posterior de mi viejo y que nosotros nos enteramos que lo mataron en un enfrentamiento fraguado (Legrand, en sus declaraciones televisivas dijo: “Nunca más supimos de él”). Se ocupó del caso de mi mamá y quedó ahí. No me sorprende. Ya sabemos quién es y no se le pueden pedir peras al olmo.
Julieta es delgada, usa el pelo largo y llegó al bar abrigada con un sacón de lana de color violeta. Ahora, sentada junto a Miradas al Sur en un entrepiso con paredes de madera, gesticula con las dos manos al hablar. El corazoncito que lleva colgado del cuello le baila cuando se revuelve sobre la silla.
A los 23 años, tiempo después de haber terminado la secundaria en el progresista y palermitano Nicolás Avellaneda, se cargó una mochila al hombro y se fue a viajar por México con su pareja y su primer hijo en la panza. Se acercaba el fin del menemismo y ella necesitaba un rotundo cambio de aire. Sentía que acá algo estaba por explotar. Allá tenían techo y comida en la casa de la hermana de su padre, exiliada durante la dictadura. Julieta tocaba la batería y su novio el bajo. Durante un tiempo tiraron un paño con artesanías en plazas y parques. Más adelante, armaron una cuerda de percusión con la que vivieron momentos inolvidables. Luego, pusieron una sala de ensayo.
“Estuvo muy bien la experiencia mexicana, me gusta viajar”, cuenta. “Pero en un momento me di cuenta que quería volver para conectarme con mi historia.” Pisó suelo argentino a comienzos del 2004. Manú ya tenía cuatro años. Ese mismo año entró a trabajar en la Defensoría del Pueblo de la Ciudad. Arrancó en el área de prensa y comunicación, con Oscar González, actual vicejefe de Gabinete de La Nación. “Fue él quien me motivó para que estudie fotografía”, detalla Julieta. Estudió fotoperiodismo en Argra y hoy es la encargada de lograr las imágenes institucionales de la Defensoría. A los pocos días de haber entrado a su nuevo trabajo, se realizó la histórica apertura de la Ex Esma. Ella quería ir pero no se animaba a pedir permiso. González llamó a la oficina y autorizó a todo el personal. “Era un día histórico y no daba para perdérselo”, recuerda. Ese mismo año se subió a un micro con destino a Jujuy. Por medio de un amigo se había acercado a la murga Los verdes de Monserrat , y casi sin conocerlos, no lo pensó dos veces. El viaje de los murgueros, que realizan todos los años, tenía un objetivo concreto: participar del homenaje que se hace todos los años a los obreros desaparecidos en el apagón del ingenio de Ledesma. En el viaje le contaron que el primer show de la murga había sido en el Club Atlético, el centro clandestino de detención y exterminio donde habían estado secuestrados sus padres. “Lo mío era el redoblante –aclara– no me daba para bailar.”
–El día que secuestran a tus viejos, ¿vos estabas ahí?
–Sí. Tenía cuatro meses. Fue el 2 de marzo de 1977. Fui reconstruyendo los hechos con mi familia. Vivíamos en un primer piso frente al Botánico, en Palermo. Estaba mi mamá, mi hermano mayor de cuatro años, mi bisabuela y yo. Una patota tiró la puerta abajo a eso de las ocho de la noche. Buscaban a mi papá. Como no estaba, lo esperaron. A nosotros nos encerraron en un cuarto. A mi mamá la esposaron y vendaron y también la guardaron en alguna parte de la casa. Los secuestradores eran muy jóvenes y estaban nerviosos, con miedo. En un momento uno de los tipos intercambió unas palabras con mi hermano, en tono confidente y cínico. Los hijos de puta le preguntaban cómo se llamaba. Cuando llegó mi papá lo tabicaron y se lo llevaron junto a mi mamá. Antes de irse, saquearon el departamento. Y nosotros, con mi hermano, tan chiquitos, vibrando toda esa mierda.
La historia completa del secuestro y posterior desaparición de su padre, Julieta la empezó a armar a los ochos años, cuando su madre la sentó y se la relató, mirándola fija a los ojos. En 1984, María Fernanda Martínez Suárez declaró ante la Comisión Nacional sobre Desaparición de Personas (Conadep, legajo 2.781) que había estado detenida en una dependencia militar desde el 2 hasta el 4 de marzo de 1977. Y veintinueve años después volvería a testimoniar detalles de su cautiverio en el juicio oral que se le siguió al represor Jorge Carlos Olivera Róvere. “Mi mamá hizo las denuncias en todos los lugares que se abrieron para hacerlas y siempre aportó su testimonio para la verdad y la justicia.”
Julio Enzo Panebianco, Rulo , había nacido y crecido en Lomas de Zamora. De chico formó parte de un grupo de boys scouts . Cursando el colegio secundario decidió cambiar de tipo de organización y dio sus primeros pasos en la política al sumarse a la Unión de Estudiantes Secundarios (UES). Conoció a la madre de Julieta en una de las tantas unidades básicas que afloraban como hongos a comienzos de la década del ’70 en la ciudad. Cuando lo secuestraron, Julio tenía 22 años. Ya militaba en la JTP (Juventud Trabajadora Peronista) y trabajaba en la DGI.
Un ex detenido del Club Atlético compartió celda con Julio Panebianco. “Este hombre nos hizo llegar una carta”, cuenta Julieta, con los ojos vivaces y muy abiertos, “en la que contaba que a mi papá lo tiraron dentro de la celda a las tres de la mañana y que le habían dado con mucha saña y en todo el cuerpo”. La madre de Julieta, acurrucada en su celda, escuchó las torturas que sufría su marido.
–¿Cómo fue el tema del trabajo del Equipo Argentino de Antropología Forense (Eaaf) en el caso de tu papá?
–Los antropólogos identificaron restos humanos de un caso de un enfrentamiento fraguado por los milicos. Los estudios certificaron que mi viejo había estado ahí, por unas huellas dactilares, y de ahí surge el dato de que lo habían matado junto a otros tres militantes, arriba de un Citröen. Fue en Parque Patricios, el 18 de marzo del ’77.
Corría el año 2004 cuando el Eaaf realizó la exhumación de los restos de aquel enfrentamiento fraguado. El trabajo se realizó en el cementerio de Chacarita y los análisis fueron contundentes: los restos pertenecían a una mujer, y no a Julio, el padre de Julieta. “No me movió un pelo que no hayan encontrado sus restos”, confiesa. “Si eran o no los restos de mi papá, a mi me daba lo mismo. Mi viejo estaba muerto desde el 18 de marzo del ’77, y de alguna manera me deja tranquila saber que su sufrimiento duró sólo catorce días.”
–¿Pensaste alguna vez que Legrand pudo salvar a tu papá?
–Nunca se me pasó por la cabeza reprocharle que no haya salvado a mi viejo.
Se nota que la acusación hacia la conductora televisiva se refiere a su rol ante la sociedad entera y no ante su familia en particular. Julieta no lo dice pero hay ahí un sentimiento muy especial: se sabe víctima de una masacre colectiva. No se trata de salvar individuos en particular, aunque sea su padre: se trata de un genocidio y del papel que jugó esa figura pública ante esa totalidad.
Julieta rescata algo positivo en las palabras de su tía abuela: “Al decirlo ella, hay mucha gente que se va a callar antes de decir pelotudeces sobre los desaparecidos. Yo misma escuché a algunas personas afirmar que los desaparecidos estaban en Europa. No sé si lo creían o lo decían para provocar, pero hoy la verdad también la dice Mirtha Legrand y toda esa gente, espectadora de ese mundo de mierda, ya no tiene lugar para decir boludeces. Que lo diga ella sirve para abrir la cabeza de los negadores. Y da cuenta también de que la verdad es innegable y que la lucha dio sus frutos”.
Julieta hace una pausa para mojarse los labios con un trago de cerveza. En lugar de retomar el hilo de la historia, prefiere condensarla en algunos papeles y fotos que saca de la cartera de hilo que tiene sobre las piernas. Ofrece los objetos en absoluto silencio. Un brazalete de cuero de la JP, una libreta de los campamentos a los que fue su papá con su grupo de exploradores, una foto en blanco y negro de Rulo , un carné que acredita su participación en el Operativo Dorrego formando parte de la JP, varias fotos de ella con su hermano, su mamá, su papá y su abuelo.
Julieta repite permanentemente que se siente muy conectada con su padre. Cuenta que hace algunos años se hizo una carta natal y que ahí le dijeron que había tres fechas claves en su vida. Dos ya habían pasado y la restante no. En ese momento advirtió que las dos primeras tenían que ver con el año que su mamá le contó lo que había pasado con su padre y con el momento que supo que lo habían fusilado en un enfrentamiento fraguado. La tercera fecha era mayo de 2010, y estaba acompañada por tres palabras: frutos, forma, orden. Se había olvidado de eso, hasta ahora. No fue exacta la fecha pero casi: mediando junio habló Legrand. Julieta saca la carta natal de la cartera, y la muestra. “Estoy terminando de armar el rompecabezas de mi papá, formando su historia. Y me agarra en un momento especial. Estoy preparada para enfrentar todo esto, tengo cosas para decir”.

LA DESMEMORIA DE LA DIVA DE LOS ALMUERZOS
En septiembre de 1978 Mirtha Legrand decía en su almuerzo televisivo que había una campaña organizada contra la Argentina en el exterior. Acompañada por una joven Susana Giménez que argumentaba que eso se debía a “la falta de cultura”, Legrand se quejaba porque se atacaba a la Argentina desde Europa. Y aseguraba que el problema era la falta de información. Sin embargo, Legrand sabía muy bien que no se trataba de una campaña orquestada ni mucho menos de una carencia de información, sino de voces que gritaban verdad. Lo sabía bien porque ella misma, un año antes, había intervenido en el secuestro y desaparición de su sobrina. Por eso, el testimonio televisivo de la ex actriz del 15 de junio último provocó la reacción de periodistas, activistas por los derechos humanos y funcionarios, indignados por el silencio que la conductora mantuvo durante más de treinta años. El jefe de Gabinete, Aníbal Fernández, se quejó por “la familiaridad con la que hablaba de los peores como Videla y todos estos siniestros personajes del mal llamado Proceso”. Y agregó: “No la veo preocupada por lo que estaba sucediendo en aquel momento porque los archivos la muestran de otra manera”. Lo cierto es que Legrand podría ser llamada a declarar como testigo en la mega causa que investiga los delitos de lesa humanidad ocurridos en el área del Primer Cuerpo de Ejército, a cargo del juez Federal Daniel Rafecas. El pedido lo presentó el abogado y periodista Pablo Llonto, representante legal de familias que actúan como querellantes en esa causa, reabierta por la Cámara Criminal Federal luego de que en agosto de 2003 el Congreso Nacional anulara las Leyes de Obediencia Debida y Punto Final.

miradas al Sur

domingo, 13 de junio de 2010

Ernesto Laclau: “Puede haber Congresos con una voluntad antidemocrática”







Contra la moda que reivindica el parlamentarismo europeo, defiende la necesidad de presidencialismos fuertes en Latinoamérica. Se declara partidario de la reelección indefinida. Hace una década, América del Sur comenzaba el largo e inexorable periplo de tocar fondo, una serie de crisis que detonarían jornadas de crispación antineoliberal masiva. Los ejemplos son conocidos. El 26 de febrero de 1989, el gobierno venezolano de Carlos Andrés Pérez, conchabado con el FMI y su paquete económico, subía el 30% del precio de la nafta. Esta decisión desembocaría, tres días más tarde, en el llamado “Caracazo”. De este y otros ajustes anteriores, surgiría diez años más tarde la “Revolución Bolivariana”. En Bolivia, la “Guerra del Gas”, la privatización del agua y el atosigamiento anticocacolero del presidente Gonzalo Sánchez de Lozada parirían, en enero de 2006, al primer presidente aymara y el primer Estado del mundo constitucionalmente plurinacional. En Ecuador, la traición electoral del presidente Lucio Gutiérrez al Partido de Unidad Plurinacional Pachakutik llevaría a la presidencia, en 2007, a un cuadro formado en Harvard pero con la mirada puesta en la reivindicación nacionalista de una economía totalmente dolarizada. A los liderazgos de Hugo Chávez, Evo Morales y Rafael Correa, los críticos conservadores los han acusado de abrevar en la tradición populista latinoamericana, un régimen con una presunta tendencia autoritaria. Los gobiernos de Néstor y Cristina Kirchner, así como el de Fernando Lugo, son atacados con los mismos argumentos. “Pero la amenaza real a la democracia viene de la oligarquía neoliberal”, tercia Ernesto Laclau, uno de los más reconocidos politólogos argentinos, profesor hace más de 35 años en la Universidad de Essex, Inglaterra, donde reside. Vino a dar clases en el Centro de Estudios del Discurso y las Identidades Sociopolíticas de la Universidad de San Martín, un instituto creado en 2007 a su amparo y del que es su director honorario. Sin embargo, su presencia en el país tiene una intención política definida. Contra la moda que reivindica el parlamentarismo europeo como la panacea de las nuevas democracias en Latinoamérica, Laclau redobla la apuesta y defiende la necesidad de presidencialismos fuertes. “Un proceso de democratización como el que han experimentado Venezuela y Bolivia serían impensables sin la figura de Chávez y de Evo”, dice en su casa, cerca de Plaza San Martín, antes de regresar a su cátedra en Colchester, Inglaterra. “Para las democracias latinoamericanas, soy partidario de la reelección presidencial indefinida. No en el sentido de que vayan a elegirse presidentes de por vida, sino de que éstos puedan presentarse a elecciones una y otra vez. Porque cuando la voluntad colectiva de cambio se ha aglutinado alrededor de ciertos significantes, imágenes y nombres, la discontinuidad de ese proceso puede llevar a la reconstrucción del viejo régimen sobre la base de diluir el poder en una serie de comités y corporaciones de distinto tipo”. –¿Pueden existir Congresos antidemocráticos hoy en América Latina? –¿Con una voluntad antidemocrática? Sí, claro que puede haber. –¿Y en el caso del Congreso argentino actual? –La oposición fue demasiado estúpida para hacer pleno uso de las posibilidades que se le plantearon. Pero, evidentemente, la tendencia a transformar el Congreso en una forma de coartar la acción del Poder Ejecutivo se movía en una dirección corporativa antidemocrática. –¿En qué ocasiones, por ejemplo? –En muchas circunstancias. Una fue intentar tomar por asalto todas las comisiones del Congreso, aprovechando una mayoría circunstancial e ignorando la proporción de los votos que el pueblo había expresado en las elecciones. En su ya clásico libro La razón populista, Laclau intentaba alejarse de la percepción eurocéntrica del populismo como un régimen político tendiente a menguar los valores de la democracia representativa. “El populismo es simplemente un modo de construir lo político”, escribía. Se trata de un discurso que divide a la sociedad e interpela a los de abajo, confrontándolos con los que detentan el poder. En el populismo, hay “una dicotomización del espacio público”, aunque no tiene un signo político determinado. Puede ser de izquierda o de derecha. Para Laclau, “populistas fueron tanto el fascismo italiano como el maoísmo”. Desde su perspectiva, la imprecisión del vocablo ayudó a su ninguneo tanto en la teoría como en la retórica política. En principio, el populismo no se asemeja al entramado de relaciones clientelísticas que compran una identificación basada en la oportunidad (lo que en mal criollo equivaldría a “van por el chori y la coca”). Tampoco cabe la acusación de que se trata de un sistema de manipulación de masas bajo la apelación a los “bajos instintos” de la comunidad no letrada. Finalmente, es falso pensar que el populismo erige un liderazgo demagógico que traiciona la voluntad popular. En este punto, y como precisó en su conferencia “Populismo y democracia” , en el Hotel Bauen el 5 de mayo último, Laclau piensa con Derrida que no hay un modelo puro al que el representante se deba ceñir, sino que hay sólo representación. “Es una relación doble, que va del representado al representante y viceversa. Algo cambia en el proceso: el político elabora un discurso para equiparar la demanda de un grupo al interés nacional y, al mismo tiempo, ese discurso altera la identidad de ese grupo”. El ejemplo del peronismo. Para explicar su teoría sobre el populismo, Laclau recurre al peronismo. En el régimen oligárquico argentino previo a la crisis del ’30, las demandas sociales se abastecían individualmente a través de un esquema de punteros políticos, caudillos y congresales (“doctores”), de modo que no existiera identificación de las demandas de los diferentes grupos entre sí (“lógica de la diferencia”). La cultura de la resistencia creada a causa de las demandas no satisfechas de los migrantes internos de las décadas del ’30-’40, crearon entre sí una “lógica de la equivalencia”, en el sentido que las demandas se identificaron en su orfandad estatal. “El peronismo tenía un discurso puramente equivalencial”, afirma Laclau. “La gente ya no necesitaba el favor personal de un puntero para acceder al médico, porque la organización social nueva había construido un hospital sindical.” En definitiva, el populismo laclausiano tiene tres dimensiones: la integración de una multiplicidad de demandas en una “cadena equivalencial”; la formulación de una frontera interna que divide el campo social en arriba/abajo; y la consolidación de la cadena equivalencial en una identidad popular que excede la simple suma de los lazos solidarios entre las demandas. –A la luz de los procesos de crisis económica y reconfiguración del campo popular en lo que va del siglo en América Latina, ¿qué sistema político conviene a la región? –Hoy América Latina se debate entre el camino de las democracias nacional-populares y la parlamentarización del poder con el objetivo de imposibilitar llevar a cabo los cambios sociales. En la experiencia democrática de las masas latinoamericanas hay, por un lado, una tendencia administrativista, oligárquica o tecnocrática, que consiste en diluir el poder en una serie de instituciones corporativas. Por otro lado, una tendencia populista que lleva a la consolidación del poder alrededor de ciertos centros. Ahora, esos centros tienen como punto importante de referencia la concentración en ciertas figuras. Eso puede tener una dirección de derecha o de izquierda. El gaullismo en Francia, la V República, hubiera sido impensable sin la concentración simbólica de una nueva figura: De Gaulle. O sea, que no es una cuestión de la ideología del régimen, sino de la existencia de un discurso que divide a la sociedad en dos campos antagónicos. En América Latina, se da una combinación bastante sana entre un institucionalismo reafirmado –porque ya no hay regímenes que estén invocando la destrucción de las instituciones del Estado liberal; es decir, nadie está proponiendo la derogación de la división de poderes– y el momento de un Poder Ejecutivo fuerte con fuertes identificaciones colectivas. –¿Hay diferencias en la apelación a “los de abajo” entre el gobierno de Néstor Kirchner y el de Cristina Fernández? Por ejemplo, Libres del Sur o Barrios de Pie son movimientos sociales que alguna vez formaron parte de la “transversalidad” kirchnerista, pero hoy están por fuera del dispositivo de poder estatal. –Hay que retomar una perspectiva histórica. En la Argentina, después de la crisis del 2001, hubo una enorme expansión horizontal de la protesta social: las fábricas recuperadas, los piqueteros y toda esa serie de fenómenos similares. La limitación de toda esa onda expansiva de la protesta social –que lanzó a la esfera pública a grupos que nunca habían participado de ella– fue que no logró traducir sus efectos al nivel político. El lema era “que se vayan todos”. Pero decir que se vayan todos, implica que siempre se va a quedar alguno. –¿Por qué? –Porque el poder como tal no puede desaparecer. Y si ese uno no ha sido elegido por el campo popular, posiblemente no va a seguir una orientación de tipo popular. De modo que llegamos a las elecciones de 2003 con una bajísima participación ciudadana en el sistema político. Las cosas salieron bien porque, por esos avatares impredecibles de la política peronista, el que fue elegido fue Kirchner. Pero si hubiesen sido elegidos De La Sota o Reutemann, no quiero pensar dónde estaríamos ahora. Todas las posibilidades de ajuste económico hubiesen sido implementadas, la protesta popular hubiese sido acallada de una forma u otra. Kirchner tuvo la virtud de darse cuenta de que toda esa expansión horizontal tenía que complementarse con una penetración vertical de efectos en el nivel del sistema político. Y tuvo una política de incorporación de sectores en ese sentido. Esa política, muy lejos de haber triunfado totalmente, es una cierta dirección en la cual el proceso comenzó a moverse. Esa combinación entre expansión horizontal e integración vertical es lo que define finalmente la calidad de un sistema democrático. –¿Cuáles son los bordes del “campo popular”, cómo se constituye? ¿El peón ganadero que vota una opción de derecha como De Narváez compone el campo popular? ¿Y el taxista que celebra la xenofobia radial de González Oro? ¿Y el politólogo progre que no tiene militancia en una organización social? –¿Cómo decirlo a priori? Eso es imposible. Lo seguro es que cualquier política de constitución del campo popular tiene que actuar sobre esos sectores. Para ganarlos. Finalmente, toda la movilización del campo en el 2008 fue una movilización contrahegemónica, que consiguió que muchas demandas populares, que debieron ser parte del campo popular, se situaran en la vereda de enfrente. Ahora hay que reconquistar ese espacio, es decisivo. El campo popular no es una entidad que se pueda definir platónicamente en abstracto; el campo popular es un área expansiva o regresiva. En mi teoría, he tratado no sólo de hablar de “significantes vacíos” (sin significados taxativos), que implica el campo popular, sino de “significantes flotantes”, porque muchas demandas democráticas pueden ser reabsorbidas por un polo reaccionario. –¿Es por eso que el populismo no es una ideología? –Claro. Insisto en esto: el populismo es una forma de construcción de la política sobre la base de la dicotomización del espacio social. Eso se puede hacer desde las ideologías más diversas. El fascismo absorbió demandas democráticas en una onda expansiva que era profundamente antidemocrática. El nazismo hizo lo mismo en Alemania. Siempre hay una cierta área de indiferencia política sobre la cual la acción va a ser necesaria. Es exactamente lo que Gramsci denominaba una “guerra de posición”, en la cual las trincheras se van desplazando constantemente de un punto al otro. –Respecto del reclamo por la “inseguridad”, le pido una reflexión. Hagamos un itinerario caprichoso. Comienza, tal vez, a partir de las primeras tomas de rehenes con De la Rúa, y con la vocación mediática de “vender” una imagen de Buenos Aires como una ciudad bogotizada. Comienza a presentarse a “los delincuentes” como el enemigo interno contra un “nosotros” trabajador y honrado. Luego aparece Juan Carlos Blumberg y la modificación de la ley para bajar la edad de imputación de los delitos. Continúa con la reacción de este gobierno, con el ministro Aníbal Fernández discerniendo entre “inseguridad” y “sensación de inseguridad”. Hoy, finalmente, es una demanda instalada en todos los sectores de la política. –El discurso sobre la inseguridad es un típico discurso por el que el espacio de la derecha se va reconfigurando. En el caso Blumberg, fue una burbuja que explotó, porque trataron de hacer olas en una dirección política de derecha, en la cual las cadenas equivalenciales que trataban de formar eran imposibles. Simplemente, la gente no se la creyó y, después de un tiempo, se encontraron aislados, a tal punto que Blumberg ha desaparecido como fenómeno político. El significante de la inseguridad es típicamente “flotante” porque, por un lado, hay demandas reales alrededor de la seguridad (que tienen que ser parte de una política progresista de Estado), pero por otro, esa demanda es tan fluida que puede ser articulada como un elemento que organice el discurso conservador de la derecha, que insiste en la represión. Y que quiere extender la idea de inseguridad sobre fenómenos que la exceden, como los piqueteros o los asambleístas de Gualeguaychú. El típico discurso de lo que en inglés se conoce como law and order . –En este retorno de lo político, ¿cree que las generaciones post dictadura en la Argentina descubrieron la política, finalmente? –Por supuesto. De hecho, la situación es mucho mejor ahora que hace 10 años. Es el momento de politización mayor. La participación política juvenil es visible, hay lenguajes políticos nuevos. Ahora, cuando doy conferencias, encuentro un esfuerzo en los auditorios juveniles por ligar la discusión teórica a problemas concretos que están experimentando. Hace 15 años, la gente se quedaba en un nivel teórico abstracto y la relación con la política concreta no existía. Hoy todo el mundo discute acerca del kirchnerismo, hasta qué punto es la izquierda o no lo es. Sin dudas vivimos un momento mucho más vivo, que me recuerda a los años ’60. HOBSBAWN, EL MENTOR El acervo intelectual del profesor Ernesto Laclau abreva en aguas intelectuales tan eclécticas como el posmarxismo gramsciano, la deconstrucción à la Derrida y el psicoanálisis de Jacques Lacan. Su primera obra, Política e ideología en la teoría marxista: capitalismo, fascismo, populismo (1978), ya descubría su universo de temas. Con su esposa, Chantal Mouffe, escribió un clásico de la ciencia política, Hegemonía y estrategia socialista (1985), del que Ricardo Forster y otros celebraron sus 25 años en la última Feria del Libro. Formado en la UBA durante los primeros ’60, Laclau militó en la izquierda nacional con Jorge Abelardo Ramos y dirigió el semanario del partido Lucha Obrera. El responsable de su mudanza a Inglaterra fue uno de los más prestigiosos historiadores del siglo XX, Eric Hobsbawn. “En el ’66, después de graduarme, obtuve mi primer cargo en la Universidad de Tucumán, con tan buena suerte que a los seis meses vino el golpe de Onganía. No fue un golpe terriblemente represivo pero, de todos modos, mil profesores universitarios quedaron afuera; yo fui uno de ellos. De modo que volví a Buenos Aires a trabajar en el Instituto Di Tella, en un proyecto de investigación cuyo asesor era Hobsbawn. A él le gustó mi trabajo y me preguntó si quería que me ayudara a conseguir una beca en la Universidad de Oxford para hacer mi doctorado. Le dije que sí. Jamás había pensado en ir a estudiar a Inglaterra. Estuve en Oxford desde 1969 hasta el ’72. Ese año estuve por volver a la Argentina, pero en el ’73 conseguí un fellowship en la Universidad de Essex. Después, la situación política se deterioró y ya no pude volver al país.”


Por:
Alejandra Rodríguez y Exequiel Siddig esiddig@miradasalsur.com

martes, 1 de junio de 2010

LO QUE NADIE CONTÓ DEL BICENTENARIO




Postal número 1.

Martes 25 de Mayo de 2010; 21:30 hs aproximadamente. Lugar: Obelisco porteño, cruce de Av. 9 de Julio con Av. Corrientes.

Fuerza Bruta empieza a deslumbrar y conmover a la multitud que como un ejército disciplinado le da paso sin que nadie los empuje o los corra a bastonazos. Federica Pais pide desde el escenario principal que colaboremos todos. Y todos colaboran. Pasa la carroza con los criollos, el asado y los bombos y el grito de “¡Viva la Patria!” sacude el aire y el alma de los argentinos. Desde el sonido de la carroza el criollo grita una, dos, tres veces el mismo grito. De pronto alguien grita muy pero muy fuerte: “¡Viva Cristina!” y en milésima de segundos contenemos la respiración… y la multitud responde: “¡Viva!”

Postal número 2:

Aparece en el escenario el cantante popular Ignacio Copani. El pueblo escucha la presentación y aplaude. Un juglar es cosa seria. Y este juglar se viene jugando desde siempre y lo sigue haciendo allí, frente a la multitud, con las mismas canciones claramente identificadas en su poesía con el proyecto nacional y popular que gobierna y de abierto rechazo, casi visceral a Cobos y toda la oposición. En otro tono, Copani esa noche representa a Barragán cantando “yo soy la mierda oficialista”. Y se produce la chispa: los miles y miles de argentinos que escuchaban, aplauden a rabiar y los vivas y los “otra, otra” acompaña al artista.

Postal número 3:

Sobre algunos decorados se lee un cartel que daba cuentas con una estética amigable, las muestras oficiales de Trabajo y Producción, Ambiente, Educación, Ciencia y Tecnología, Derechos Humanos, Cultura.

“Son los puestos del Gobierno”, escucho decir a mi lado. Miro los rostros de la multitud, leen los carteles, entran a los puestos, nadie critica, nadie putea para decirlo con elegancia, todos cantan algo, todos ríen, todos aplauden.

Postal 4:

Los presidentes latinoamericanos encabezados por Cristina Fernández de Kirchner atraviesan Plaza de Mayo desde la Casa Rosada hasta el Cabildo y desde allí hasta el Palco montado en la Diagonal Norte, antes de llegar al Paseo del Bicentenario. La multitud se enfervoriza con Cristina, con Néstor Kirchner que les tira un beso tras otro, con Evo Morales, con Hugo Chávez, con Rafael Correa, con el Pepe Mujica, con Zelaya, con Lula, hasta Piñera liga saludos de amor colectivo.

Todos pugnan por acercarse a Cristina. Le dicen “fuerza presidenta” y ella sonríe y se emociona y camina en la multitud.

Estábamos reinventando el pueblo y nos dábamos cuenta.

Postal 5:

Si en la noche del sábado 22 esa multitud hubiese decidido construir una pirámide humana, a cococho, a caballito, seguramente hubiese tocado el cielo. No hizo falta. El cielo estaba en ese pueblo. En el escenario. En el asfalto de la Avenida más ancha del mundo. Y de pronto asoman claramente las banderas de los pibes de “La Cámpora” y un cartel humilde que decía “Gracias Cristina” y otras banderas con el peronismo militante y la gente los cobijaba, los saluda, canta con ellos.

Postal 6 y final a toda orquesta:

Pasa la carroza de las Madres y hay un silencio de asombro, luego una montaña de aplausos y en esa cuadra cantan “Madres de la plaza el pueblo las abraza” como si las vieran en esos pañuelos iluminados y ven a nuestros soldados caídos en Malvinas y algunos lloran y al mismo tiempo cantan “el que no salta es un inglés” y sigue la Marcha de San Lorenzo cantada como si estuviéramos en pleno campo de batalla.

La Argentina real se pasea por el Bicentenario como preguntando a los que miran crispados del otro lado del muro: “¿Y ahora?”

Lo que emociona es el “Nosotros” en la multitud. Uno es uno y es a la vez, “Nosotros”.

Hay más postales, pero las disfrutaremos sorbo a sorbo, como los buenos vinos.

Ayer la Presidenta reivindicó al Ejército unido a la nación y a su pueblo y en otro lado, Carlos Tomada y otros dirigentes ayudaban a reunificar la militancia de la ciudad.

Es decir, el Paseo desmontó sus estructuras, pero su corazón no para de latir.

Por Jorge Giles

Fuente Blog de Jorge Giles

Octavio Getino habla sobre la Ley de medios

SOY LA MIERDA OFICIALISTA

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