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lunes, 3 de mayo de 2010

El miedo, los periodistas y Carlos Souto




Eduardo Anguita
La edición del domingo pasado de Miradas al Sur incluyó una investigación periodística que, curiosamente, tuvo una gran repercusión en algunos medios y absolutamente ninguna en otros. Pudimos acceder, en detalle, a cómo la agencia publicitaria La Ese tiene un equipo de jóvenes que, en negro, hace un trabajo de desinformación que contraviene todos los principios éticos de la información pública. Resumidamente: algunos muchachos y chicas tienen que llamar a las radios para leer mensajes escritos por creativos publicitarios mientras que otros intervienen en las páginas webs de los diarios simulando ser lectores interesados en dejar sus opiniones. La Ese no actuó por vocación cívica sino por un contrato con el Grupo Clarín.

El lunes, Carlos Souto mostró que había acusado recibo. La Ese, que se muestra en su página web como una sólida estructura de comunicación política, tembló varios grados en la escala Magnetto. Souto dio consigna de que llamaran a todos los trabajadores en negro con la orden terminante de que no se presentaran a trabajar. Evidentemente, tenía miedo de que la investigación periodística hubiera alertado a los inspectores de la AFIP o del Ministerio de Trabajo y quedara ensartado en esa maniobra miserable de tener una fachada de publicitario millonario y una trastienda de “taller de costura clandestina” –como afirmó Miradas al Sur– con el agravante de que los trabajadores de esos talleres no están obligados a mentir todo el tiempo, como tienen que hacerlo los empleados de La Ese.

El martes, los empleados en negro fueron convocados a trabajar y los esperaba un regalo: ¡El bueno de Souto los ponía en blanco! El miércoles, el dueño de La Ese tenía una conferencia en público y el periodista Ezequiel Siddig, de Miradas al Sur, concurrió a la misma y pudo hacer algunas preguntas. Souto, cuyo fuerte es hacer libretos para otros, perdió el control y atinó a decir, muy enojado: “¡Yo no tengo un taller clandestino de costura!”. Es cierto que no lo tiene, al menos a partir del martes.

La investigación publicada el domingo anterior fue, incluso, generosa en cuanto a las labores que despliega para el monopolio Clarín, que le adjudicó, casi casi, la autoría de la solicitada firmada por Felipe y Marcela Noble Herrera así como la adaptación televisiva emitida por TN. La realidad es que los directivos del Grupo Clarín están tan atacados por las debilidades de su comunicación pública que no dejan en manos externas el armado de esas piezas. Un joven, pero experimentado, ejecutivo del monopolio fue quien escribió el texto. El lugar de los creativos de La Ese fue, si era posible, embellecerlo con algún giro sintáctico que impactara para mostrar qué buena madre es Ernestina Herrera de Noble. Lástima que ni siquiera revisaron los archivos en los que ella decía que había hablado con los chicos muchas veces sobre la posibilidad de que fueran hijos de desaparecidos. Lástima, porque el texto les endilgó a Felipe y Marcela que “no hay ningún indicio de que seamos hijos de desaparecidos”.

De todos modos, el escaso trabajo de Souto en este tema no pudo servir para mucho. El desplazamiento del juez Conrado Bergesio de la causa por el análisis de ADN y la responsabilidad de la dueña de Clarín como supuesta apropiadora puso al monopolio en el escenario más temido. Por decisión de la Sala II de la Cámara Federal de San Martín y en virtud de un pedido de recusación por parte de la fiscal Rita Molina, este expediente ahora lo tramitará la titular del Juzgado Federal I de San Isidro, Sandra Arroyo Salgado, quien ya tuvo dos causas de hijos de desaparecidos y las tramitó con toda corrección. En concreto, Clarín no maneja a Arroyo Salgado como sí manejaba a Bergesio. Tampoco sus abogados ahora pueden acudir a chicanas jurídicas para impedir que el Banco Nacional de Datos Genéticos devele, finalmente, quiénes son los padres biológicos de Marcela y Felipe si, como todo indica, fueron efectivamente secuestrados cuando eran bebés y entregados como parte de una maniobra típica del terrorismo de Estado.

La construcción del emporio mediático Clarín tiene cada vez menos puntos oscuros. Cuando se devele la identidad de los padres de Felipe y Marcela, se podrá avanzar un paso más. Quizá se descubran las razones subyacentes por las cuales Clarín fue cómplice activo de la dictadura

Periodistas famosos. Mientras este escenario fue cobrando un lugar preponderante en algunos medios de comunicación, el Grupo recurrió a otro golpe de efecto. Esta vez, con la participación protagónica de algunos connotados comunicadores que revistan en sus filas, quienes fueron al Senado a escuchar la solidaridad de la presidenta de la Comisión de Comunicación, María Eugenia Estensoro.

Bien vale recordarlo, es la hija del poderosísimo empresario José Estensoro, que presidió YPF al principio de la privatización y que murió en una situación que nunca fue investigada a fondo. En plena guerra entre Ecuador y Perú, mientras las figuras principales del menemismo estaban asociadas al contrabando de armas a Ecuador, Estensoro viajó en su avión particular a ese país. Lo pilotaba el experimentado Arturo Pagnés. Lo que se reportó como accidente tuvo muchos puntos oscuros. Especialmente sobre un viaje a Ecuador en plena guerra.

La familia de Pagnés siempre fue remisa a hablar, ni siquiera en confianza con sus ex compañeros de Aerolíneas Argentinas. Las compañías de seguros no investigaron. No se sabe cómo fue –si es que hubo– el resarcimiento económico a la familia de Estensoro. En la Argentina no se radicó ninguna causa. Seguramente la senadora Estensoro, más allá del dolor personal por la muerte de su padre de la cual el lunes próximo se cumplirán 15 años, sabrá cosas sobre las cuales no querrá que los periodistas investiguen. Ella es la que tomó la voz cantante en esta nueva maniobra que pretende que hay miedo entre los periodistas. Ella fue la que recibió al grupo de comunicadores del establishment que fue el miércoles al Senado. A excepción de Magdalena Ruiz Guiñazú, el resto son formadores de opinión del grupo Clarín: Eduardo Van der Koy, Ricardo Kirchbaum, Nelson Castro, Edgardo Alfano, Marcelo Bonelli, Daniel Santoro y Joaquín Morales Solá. Se trata de periodistas de mucha trayectoria y, sin dudas, con mucha influencia sobre las vastas audiencias del grupo.

Todos abordaron el peligro del autoritarismo K. TN y Clarín hablan del miedo de los periodistas. Un arma tan efectista como superficial e inconsistente. Ninguno de ellos se anima a romper el cerco de silencio de Clarín sobre el miedo de los directivos del grupo a que se sepa la verdad de los hijos de la dueña. Ninguno de ellos se anima a dar una explicación sobre este vuelco del grupo cada vez más insidioso sobre una agenda periodística sólo destinada a atacar a un gobierno que sí se animó a impulsar una ley que democratice la palabra.

Y, desde ya, ninguno de ellos se animó a hablar de la actividad de Souto para Clarín. Si lo hacen por miedo o por convicción es algo que excede el análisis de esta columna. Pero ya que hablan tanto de miedo podrían decir si hay algo a lo que no le tengan miedo. Por bien de la comunicación. Y, sobre todo, de la sociedad.

lunes, 26 de abril de 2010

Un nuevo movimiento sobre el cambio climático



















Por Naomi Klein
Cochabamba, Bolivia.
Eran las 11 de la mañana y Evo Morales había transformado el estadio de futbol en un gigantesco salón de clases, y había reunido una variedad de objetos de utilería: platos de cartón, vasos de plástico, impermeables desechables, jícaras hechas a mano, platos de madera y coloridos ponchos. Todos jugaron un papel para demostrar un punto principal: para luchar contra el cambio climático "necesitamos recuperar los valores de los indígenas". Sin embargo, los países ricos tienen poco interés en aprender estas lecciones y, al contrario, promueven un plan que, en el mejor de los casos, incrementaría la temperatura global promedio en dos centígrados. "Eso implicaría que se derritieran los glaciares de los Andes y los Himalaya", le dijo Morales a las miles de personas reunidas en el estadio, como parte de la Conferencia Mundial de los Pueblos sobre el Cambio Climático y los Derechos de la Madre Tierra. Lo que no necesitaba decir es que no importa cuán sustentablemente elija vivir el pueblo boliviano, pues no tiene el poder para salvar sus glaciares. La cumbre climática en Bolivia ha tenido sus momentos de alegría, levedad y absurdos. Sin embargo, en el fondo, se siente la emoción que provocó este encuentro: rabia contra la impotencia. No hay por qué sorprenderse. Bolivia está en medio de una dramática transformación política, una que nacionalizó las industrias clave y elevó como nunca antes las voces de los indígenas. Pero en lo que se refiere a su crisis existencial más apremiante –el hecho de que sus glaciares se derriten a un ritmo alarmante, lo cual amenaza el suministro de agua en dos de las principales ciudades–, los bolivianos no pueden cambiar su destino por sí solos. Eso se debe a que las acciones que provocan el derretimiento no se realizan en Bolivia, sino en las autopistas y las zonas industriales de los países fuertemente industrializados. En Copenhague, los dirigentes de las naciones en peligro, como Bolivia y Tuvalu, argumentaron apasionadamente en favor del tipo de reducciones a las emisiones de gases que podrían evitar una catástrofe. Amablemente les dijeron que la voluntad política en el Norte simplemente no existía. Y más: Estados Unidos dejó claro que no necesitaba que países pequeños como Bolivia fueran parte de una solución climática. Negociaría un acuerdo con otros emisores pesados a puerta cerrada y el resto del mundo sería informado de los resultados e invitado a firmar, lo cual es precisamente lo que ocurrió con el Acuerdo de Copenhague. Cuando Bolivia y Ecuador rehusaron aprobarlo en automático, el gobierno estadunidense recortó su ayuda climática en 3 millones y 2.5 millones de dólares, respectivamente. "No es un proceso de a gratis", explicó Jonathan Pershing, negociador climático estadunidense. (Aquí está la respuesta para cualquiera que se pregunte por qué los activistas del Sur rechazan la idea del "apoyo climático" y, en cambio, demandan el pago de "deudas climáticas".) El mensaje de Pershing era escalofriante: si eres pobre, no tienes derecho a priorizar tu propio supervivencia. Cuando Morales invitó a "los movimientos sociales y los defensores de la madre tierra, científicos, académicos, abogados y gobiernos", a venir a Cochabamba a un nuevo tipo de cumbre climática, fue una revuelta contra esta sensación de impotencia, fue un intento por construir una base de poder en torno al derecho a sobrevivir. El gobierno boliviano arrancó las discusiones proponiendo cuatro grandes ideas: que se debería otorgar derechos a la naturaleza, que protejan de la aniquilación a los ecosistemas (una "declaración universal de los derechos de la madre tierra"); que aquellos que violen esos derechos y otros acuerdos ambientales internacionales deberían enfrentar consecuencias legales (un "tribunal de justicia climática"); que los países pobres deberían recibir varios tipos de compensación por una crisis que ellos enfrentan pero tuvieron poco que ver en crear ("deuda climática"), y que debería haber un mecanismo para que la gente en el mundo exprese sus puntos de vista sobre estos temas (un "referéndum mundial de los pueblos sobre cambio climático"). La siguiente etapa fue invitar a la sociedad civil global a ir discutiendo los detalles. Se instalaron 17 grupos de trabajo y después de semanas de discusión en línea se reunieron durante una semana en Cochabamba, con el fin de presentar sus recomendaciones finales al término de la cumbre. El proceso es fascinante pero lejos de ser perfecto (por ejemplo, como señaló Jim Shultz de Democracy Center, al parecer, el grupo de trabajo sobre el referendo invirtió más tiempo discutiendo si añadir una pregunta sobre abolir el capitalismo que discutiendo cómo se le hace para llevar a cabo una consulta global). Sin embargo, el entusiasta compromiso de Bolivia con la democracia participativa podría ser la contribución más importante de la cumbre. Esto porque luego de la debacle de Copenhague un tema de discusión tremendamente peligroso se volvió viral: la verdadera culpable del fracaso era la democracia en sí. El proceso de la Organización de Naciones Unidas (ONU), que da votos con el mismo peso a 192 países, simplemente era demasiado difícil de manejar. Era mejor encontrar soluciones en grupos pequeños. Hasta las voces ambientales de confianza, como James Lovelock, cayeron en la trampa: "Tengo la sensación de que el cambio climático puede ser un tema tan severo como la guerra", le dijo a The Guardian recientemente. "Quizá sea necesario poner a la democracia en pausa durante un tiempo". Pero en realidad son estos pequeños grupos, como el club privado que forzó el Acuerdo de Copenhague, los que han ocasionado que perdamos terreno y debilitado los acuerdos existentes, que de por sí son inadecuados. En cambio, la política de cambio climático llevada a Copenhague por Bolivia fue redactada por los movimientos sociales mediante un proceso participativo y el resultado final fue, hasta el momento, la visión más transformadora y radical. Con la cumbre de Cochabamba, Bolivia intenta globalizar lo que logró a escala nacional e invitar al mundo a participar en redactar una agenda climática conjunta, antes del próximo encuentro sobre cambio climático de la ONU, en Cancún. En palabras del embajador de Bolivia ante Naciones Unidas, Pablo Solón, "la única cosa que puede salvar a la humanidad de una tragedia es el ejercicio de la democracia global". Si está en lo correcto, el proceso boliviano podría no sólo salvar a nuestro planeta que está calentándose, sino también a nuestras democracias en vías del fracaso. No está mal el trato.

El texto fue publicado en The Nation.

miércoles, 21 de abril de 2010

SOLANAS Y LA “OPERACIÓN MUEBLE” * DEBIERON DETENER AL ESCRITORIO*




Por Horacio Çaró.

Con los mismos argumentos con que el derechista jefe de Gobierno porteño Mauricio Macri se defendió en los inicios de la investigación por espionaje telefónico, el egocéntrico aspirante a Perón del siglo XXI Fernando Pino Solanas acometió ante decenas de micrófonos para endilgarle al gobierno de Cristina Fernández de Kirchner haber armado una operación para colocarle un escritorio encima a un asesor de su compañero de bloque Claudio Lozano. El colaborador fue detenido mientras abrazaba, en cuclillas, en una oficina del Ministerio de Economía de la Nación, un portafolio que contenía una lupa y dos linternas. No es el guión de uno de los famosos y ahumados largometrajes de Pino. Es su posición como parlamentario frente a un episodio que explica mejor que una viñeta humorística de diario los alcances de algunas utopías de centroizquierda en la coyuntura política argentina.

¿Qué hacía ese escritorio encima de Roberto Larrosa?, puede pasar a ser uno de los enigmas a resolver por parte del juez federal Claudio Bonadío, a cargo del expediente abierto a causa de la intromisión del asesor de Lozano y de un ignoto senador por Tierra del Fuego, José Martínez.

Es curioso que Solanas se siga preguntando, como un niño de jardín de infantes, por qué los simpatizantes kirchneristas que pululan por Internet aseguran que él y su fuerza son funcionales a la derecha. Un puñado de ejemplos debería persuadirlo para que comprenda tanta inquina.

A Pino no le alcanzó con haber permitido con su voto que la comisión de Agricultura y Ganadería de la Cámara de Diputados caiga en manos de Ricardo Buryaile, quien antes de ser electo, desde su rol de vicepresidente de Confederaciones Rurales Argentinas (CRA), había propuesto “cerrar el Parlamento” si éste no se acogía a las demandas de los ruralistas como él.

No le alcanzó con permitir al Grupo A que piratee las comisiones de Diputados y Senadores alterando la proporcionalidad de sus integrantes y de las presidencias de las mismas, generando que fuerzas que estuvieron hasta 10 puntos por debajo del kirchnerismo se queden con mayorías y titularidades en esos organismos parlamentarios.

No le bastó haber cuestionado no el canje de deuda –podría pensarse que allí asomó una leve arista progre–, sino la Asignación Universal por Hijo, con argumentos que no difieren mucho de los usados por la derecha que tanto lo incomoda como compañera de ruta, por ejemplo que alienta el clientelismo.

Todas esas funcionalidades que Proyecto Sur le lleva a la derecha en bandeja de plata precisaban este dislate de la “Operación Mueble”, por la que el jefe de Gabinete Aníbal Fernández habrá ordenado esperar a que algún asesor de Lozano aparezca en alguna oficina del Ministerio de Economía y de inmediato se le coloque encima un escritorio, lo cual daría la indisimulable sensación de que se trata de un espía.

“Esto es parte de las metodologías del escrache, de la difamación calumniosa y las campañas en los blogs con cataratas de mentiras sobre los opositores”, bramó Solanas, apuntando a los mostachos de Aníbal Fernández. No se le escuchó una palabra en torno de conocer lo que opina la Justicia, o lo que fallará el magistrado actuante, o lo que declarará Larrosa, quien ya debe haber librado al portafolio de su abrazo pertinaz.

Claudio Lozano tardó casi 96 horas en llamar a conferencia de prensa para decir que Larrosa era conocido por todos en el Ministerio de Economía, algo que los jefes de la KGB decían cada vez que engayolaban a uno de sus agentes en alguna repartición norteamericana, y viceversa. Primero había intentado desligarse del asesor "ad honórem", ahora lo defiende como si fuera su abogado.

Tras esos cuatro días, ninguna de las fuerzas que acompañan a Proyecto Sur se sentó al lado de Solanas, Lozano, Verónica Benas, Victoria Donda o Miguel Bonasso, entre otros, para bancar la teoría de la “Operación Mueble”. Ni la Coalición Cívica, ni el radicalismo, ni el PRO, ni el peronismo disidente acudieron a sostener la teoría de Solanas-Lozano.

En dicha conferencia de prensa se habló más del presunto negociado que existiría en el canje de deuda que de lo que hacía Larrosa en una oficina vacía. Lozano sólo argumentó que la lupa era para ver de cerca.

El senador Martínez no comparte, hasta ahora, la denuncia contra Larrosa, pese a que el que lo contrató como asesor es él. “Esto prueba que el Gobierno se equivocó con Larrosa”, intentó argüir Lozano, sin convencer ni a Solanas, habida cuenta del gesto del ex cineasta.

Cuando el propio nombre de Ciro James causaba la jocosidad de algunos distraídos televidentes, que no se percataban de que ese señor realizaba escuchas telefónicas ilegales desde el ámbito del Estado porteño en sus variantes educativa y de seguridad, Macri dijo que el espía al que su administración le pagaba el sueldo se trataba de un “infiltrado” que el gobierno nacional había plantado en las narices de todos los probos funcionarios PRO. Luego prefirió olvidarse de ese argumento, acaso tomando nota de los consejos del consultor Jaime Durán Barba, su asesor de imagen.

A Solanas le falta decir, como bromeaba una de las mentes brillantes del blog Catanpeist, que Larrosa, el asesor de Lozano detenido en estado de visible agachamiento, “llevaba la lupa para matar hormiguitas, y las linternas tenían pilas de bajo consumo”. A Solanas le falta modestia. A Solanas le falta pronunciarse por el caso de los hijos de la señora Ernestina Herrera de Noble. A Solanas le falta el humo de sus filmes, y eso parece que lo pone de mal humor.

Octavio Getino habla sobre la Ley de medios

SOY LA MIERDA OFICIALISTA

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