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lunes, 31 de mayo de 2010

El día de la escarapela















¿Cómo se le llama a que un razonamiento pase primero por las eventuales consecuencias de un hecho y no por sus causas? En efecto: disparate.
Pues ocurrió que, no inocentemente, la mayoría de los análisis publicados y escuchados en los medios masivos, respecto de la impresionante participación popular en los festejos del Bicentenario, se centró en cuál podría ser su aprovechamiento político. ¿Sacará ganancia el Gobierno? ¿No hay una tajada que le corresponde a Macri, siendo que la reapertura del Colón también estuvo buena? ¿Acaso el resultado es neutro, porque falta más de un año para las elecciones? ¿No será que esta positiva emoción popular retornará al incordio si a Argentina le va mal en el Mundial? A esta serie y tipo de estupideces hay que agregar otras varias, que en principio pueden parecer de diferente tenor para, finalmente, responder al mismo origen. Por ejemplo, los cálculos en torno de la cantidad de asistentes. Que cientos de miles, que un millón, que dos millones, que seis millones si se suman los cuatro días, que si en la Plaza de Mayo entran 75 mil personas a cuatro apretadas por metro cuadrado tendrían que haberse amuchado en 75 manzanas para llegar recién a un millón 200 mil. Increíble. Una de las manifestaciones populares más impactantes de la historia argentina; y un coro de tontos, o algunos tontos en particular, sacando cuentas de exactitudes numéricas como si eso modificara el centro de la cuestión. Más luego, la conclusión de que esto fue, centralmente, una lección de la ciudadanía hacia “los políticos”. La gente demostró que quiere concordia, patriotismo, amabilidad, se leyó y escuchó hasta el hartazgo. Que “los políticos” aprendan de “la gente”, es el mensaje de una manga de cínicos que llegan como mucho hasta ahí en el (falso) escudriñamiento de las causas. ¿Quiénes organizaron lo que pasó, o lo que convocó? ¿Fuerza Bruta? ¿Un régisseur del Colón? ¿Fito Páez? ¿Ricardo Fort? ¿O fueron “los políticos” que se llaman Cristina Fernández, Mauricio Macri, secretarías de Cultura comandadas por “políticos”, presupuestos públicos que administran “políticos”? Es notable que se persista en ese discurso berreta, pero de ninguna manera es asombroso. En primer lugar, porque denostar a la política es un elemento clave para el objeto de que en el imaginario colectivo se construya su reemplazo por “gerentes”. Nada novedoso: es la bajada de línea que estuvo a sus anchas durante el menemato y que, por cierto, alcanzó un éxito estimable. El retiro del Estado como articulador de las necesidades públicas, la entronización de lo privado como única eficiencia alcanzable. Cuanto más se consiga que la sociedad denigre a la política, más conquistará la derecha que sea menor el espacio dedicado a cuestionar a sus grandes patronales, a los formadores de precios, a la corrupción privada. La masividad que acompañó al Bicentenario fue una gran derrota de ese discurso, porque quedó claro que la vocación patriótica, tan resaltada por los comunicadores del establishment para despolitizar su contenido, expresó lo imperioso de un Estado fuerte que la viabilice. Y atado con eso, y como bien lo resaltaron algunas opiniones que no circularon por los grandes medios, se manifestó el divorcio entre la propagandizada “crispación” social y la alegría popular. El semiólogo Raúl Barreiros (en Página/12, el jueves pasado) lo caracterizó con una precisión envidiable: la gente le puso freno al voyeurismo, y dijo vamos allá afuera a ver qué pasa. Y lo que pasó, con objetividad, es que la prédica mediática por minimizar o regañar al acontecimiento se fue al carajo. La vergüenza de que Cristina no fuera al Colón, el pésimo ejemplo frente al mundo, la demostración de que la clase dirigente argentina no aprende más. La verdad es que a uno le sale una formulación maradoniana y habrá de evitarla para mantener la compostura, pero cómo no decir que el pueblo se hizo encima de ese amedrentamiento mediático. En lugar de que se lo relaten salió a la calle a ver qué pasaba, efectivamente, y se encontró a sí mismo en todas sus variantes. Podrá no tener mucho sentido, entre otras cosas porque es in-medible, determinar los grados de apoyo y oposición al Gobierno que se escondían entre semejante multitud. Sin embargo, salvo si se cree que esa cantidad de gente hubo de concentrarse sólo para ver recitales gratis y picar comidas regionales, de mínima aparece como verosímil que había ahí muchos, muchísimos, de quienes desde el conflicto con “el campo” –por vía del discurso hegemónico transmitido por los medios– se sentían en minoría. Y aun cuando no fuere así, es definitivamente veraz que toda esa gente venció a la mala onda, al todo negativo, a la esparcida edificación de que el país está atado con alambre. Quien haya prestado atención al modo narrativo de las coberturas periodísticas de los festejos, en cualesquiera de sus instancias, tiene que haberse dado cuenta de la falta de entusiasmo que los embargaba. Les costaba horrores admitir su sorpresa y al cabo, como resignada o hidalgamente lo hicieron casi todas las figuras opositoras, no les quedó más que la aceptación de un éxito que jamás quisieron ni previeron. Pasado ese momento, esos medios se refugiaron en calcular consecuencias porque las causas les resultan insoportables. Noches pasadas charlábamos al aire con dos colegas acerca de cómo habrá de titularse, dentro de varios años, lo que pasó en estos días. De modo un tanto estentóreo, lo cotejábamos con el 17 de octubre del ’45 sólo por aquello de que toda la prensa respondía al interés oligárquico y, sin embargo, el pueblo cruzó la frontera, se lavó las patas en la fuente y dio vuelta la historia. Se nos ocurrió, entonces, que un título posible bien podría ser “Otros días en que la gente les ganó a los medios”. No es una visión romántica de los comportamientos populares porque, si es por eso, los argentinos tenemos en el ropero algunos muertos muy considerables, como el Mundial del ’78 o la guerra de Malvinas. Pero otras veces las masas aciertan, porque la realidad es dialéctica. En todo caso, para que el título imaginado mute de posible a probable es necesario tomar conciencia de que hay que construirlo sin descanso. Posdata muy personalizada: cualquiera que haya recorrido y asimilado como se debe el centro festejante del Bicentenario, no puede menos que haberse conmovido por la extraordinaria participación adolescente. Participación, no acumulación fiestera. Pibes de 15, 16, 17 años, prendidos en discusiones políticas, en cánticos políticos, en referencias ideológicas. Se aflojaron las piernas cuando a minutos de las 12 del 25 estaban Los Olimareños, en el escenario del Obelisco, cantando la “Milonga del Fusilado” y “Gallo Negro Gallo Rojo”, y la multitud de gente joven, muy joven, los coreaba. Será de setentista melanco, pero se me aflojaron las piernas. Algo volvió. O algo nunca se fue del todo. Ojo. Andaremos lejos de poder decir que estamos ganando. Pero también andamos lejos de estar hechos mierda.

Eduardo Aliverti

EL ROL DE 678 EN LA BATALLA MEDIÁTICA: CUESTIÓN TÁCTICA O ESTRATÉGICA...















6,7,8. ¿El huevo o la gallina?

Persiste una idea de origen (neoliberal por cierto): los medios lo son todo. Sin embargo, sólo son medios. Ahora el debate: en última instancia, el programa de la televisión pública argentina 6,7,8 no convoca por sí mismo sino que es el resultado de la convocatoria que proponen los sujetos tangibles más activos del escenario político.

Por Víctor Ego Ducrot

En el caso que nos ocupa, la interpretación de la vieja pregunta - qué fue primero, si el huevo o la gallina - nos remite al campo tan necesariamente debatido del rol que cumplen y deberían cumplir los medios de comunicación en una sociedad con mecanismos democráticos de profundidad y densidad participativa. Sobre el escenario concreto de la actualidad argentina y en particular respecto de la irrupción del programa “6,7,8”, que se emite en forma diaria por el Canal 7 de la televisión pública, quizá convenga deslizar un puñado de ideas críticas, abiertas al debate y a la refutación.

Se trata de un emprendimiento comercial a cargo de un exitoso empresario privado del sector, que provocó una verdadera conmoción mediática, tras unos pocos meses de salida al aire.

Con una cuidada y meticulosa producción periodística, apoyada sobre el formato tradicional de la mesa panel, casi a imagen y semejanza de los programas dedicados a los chimentos de la farándula, y con ajustada utilización del humor, “6,7,8” utiliza un paradigma televisivo hegemónico y recurrente de la denominada “tele basura”, pero con un giro discursivo de 180 grados: democrático, defensor del gobierno constitucional y de los derechos humanos, y de ácida crítica a la cerrada corporación mediática privada, obstinada en jugar como pivote de las políticas desestabilizadoras de la derecha. Una prueba de esa acidez es el éxito que tuvo su consigna caballito de batalla “somos la mierda oficialista”

“6,7,8” y otros programas del Canal 7 pasaron a ocupar un lugar de privilegio en las mediciones de encendido y audiencia, dato que casi todas las consultoras privadas prefieren ocultar, pues sus espacios de negocios siguen perteneciendo a la órbita de las corporaciones oligopólicas.

En el marco de la polémica colectiva abierta tras la obstaculización de la nueva Ley de Medios por parte de elementos fascistas que sobreviven en el Poder Judicial argentino, que operan a pedido de las corporaciones para frenar una ley democratizadora del ámbito radioeléctrico, el programa “6,7,8” multiplicó su audiencia, provocó la articulación discursiva con parte de ella, a través de la red Facebook, y convocó a más de una movilización callejera, la última con miles de personas la semana pasada alrededor del Obelisco de Buenos Aires, en reclamo de la plena vigencia de la Ley y con un marcado tono de apoyo al gobierno de Cristina Fernández de Kirchner.

La eficacia del programa en la disputa por los sentidos, hegemonizados por las corporaciones oligopólicos, es contundente. Lo reconoció el mismo jefe de Gabinete de la presidenta, Aníbal Fernández: “reivindico de corazón la presencia fundamental de “6, 7, 8”, “Duro de Domar” y“Televisión Registrada”, gracias a los cuales no estamos más solos, estamos discutiendo de igual a igual”, dijo.

Los otros dos ciclos mencionados por el ministro pertenecen a la misma productora y son emitidos por canales privados. “Duro de domar” es un programa dedicado a la farándula, en el que por primera vez en ese formato aparecen discursos claramente favorables al campo democrático, y “Televisión Registrada” tiene una larga trayectoria como espacio dedicado a la crítica satírica de la propia televisión.

El fenómeno “6,7,8” como agente movilizador por fuera de los ámbitos mediáticos, en las calles, cuenta con un antecedente de mucha envergadura en Ecuador, durante el levantamiento popular contra el presidente Lucio Gutiérrez.

El 27 de abril de 2005, la agencia ALAI publicaba un artículo de Eduardo Tamayo que decía lo siguiente: “en la revuelta de los ‘forajidos’ de Quito, que dio al traste con el régimen de Lucio Gutiérrez, participan sobre todo sectores juveniles y mujeres de clase media. El movimiento asumió el término “forajido”, como identidad y desafío al poder, luego de que el ex presidente Gutiérrez calificó con este término y amenazó con enjuiciar a un grupo de ciudadanos que concurrió a su residencia a hacer un escrache (…). En la tarde del 13 de abril, luego del paro a medias de la ciudad de Quito y la provincia de Pichincha, convocado por las autoridades, y ante las declaraciones de Lucio Gutiérrez agradeciendo al pueblo de Quito por respaldarlo y no haber participado en el paro, la gente sugirió realizar un “cacerolazo”, utilizando como medio facilitador a la Radio La Luna. Los ciudadanos/as decidieron, además, autoconvocarse a una concentración en la amplia Av. De los Shyris, ubicada al norte de Quito. Esa noche se reunieron más de 5000 personas, iniciando una serie de manifestaciones en diversos lugares de la ciudad y del país, que duraron siete días con sus respectivas noches y fue el factor determinante para la salida de Gutiérrez, quien huyó y se exilió en Brasil”.

En ese mismo artículo se concluye que Radio La Luna pudo desempeñarse como sujeto “facilitador” de las movilizaciones debido a la eclosión del siguiente escenario, sobre el cual se movían actores políticos y sociales tangibles: “desde sectores de izquierda y nacionalistas, se veía a Gutiérrez como un aliado incondicional a Estados Unidos en la implementación del Plan Colombia, la negociación del Tratado de Libre Comercio y la apertura a nuevas inversiones norteamericanas sobre todo para la explotación petrolera. La embajadora de Estados Unidos, Kristy Kenny, visitaba con frecuencia las zonas de frontera e incluso cuarteles policiales y se entrometía en la política interna del país. El Ecuador, igualmente, se convirtió en una prioridad de la política norteamericana para la región, en función de contener la insurgencia colombiana. Los jefes del Comando Sur de Estados Unidos llegaban al país con mucha frecuencia. Desde los movimientos sociales, había descontento por la profundización de las políticas privatizadoras en las áreas del petróleo y la seguridad social y el pretendido recorte de derechos laborales. También cuestionaban el sometimiento del Ecuador a las órdenes del Fondo Monetario Internacional y del Banco Mundial, que exigían mayores recortes en el presupuesto del sector social con el fin de asegurar fondos para cubrir el pago de la deuda externa”.

Seguro que entusiasmados por la eficacia de su aportes como claras fisuras al orden comunicacional impuesto por las corporaciones oligopólicas, desde el panel de “6,7,8” y entre sus seguidores surgieron voces para poner el acento sobre el carácter convocante del mismo, e incluso en el sentido de que el programa estaría subsanando las deficiencias del gobierno a la hora de comunicarse con la sociedad.

Al respecto, quizá convenga debatir las siguientes consideraciones.

En primer lugar, y tras incluir al Estado en ciertas circunstancias en el segundo factor del siguiente principio – ecuación, “la capacidad de influencia de los medios hegemónicos es inversamente proporcional a la capacidad de movilización de las organizaciones populares en términos políticos y sociales, debería contemplarse la posibilidad del siguiente panorama: fueron las políticas de Estado enderezadas por el gobierno nacional, en sintonía con reclamos sentidos por amplios sectores de la sociedad, las que crearon las condiciones para la movilización social, la que no fue convocada por “6,7,8” sino que el programa de TV surgió como destacado “facilitador”.

Entre esas políticas de Estado figuran: potenciar en presencia y calidad al propio Canal 7 y otras emisoras públicas, tanto de radio como de televisión (el canal cultural Encuentro es un ejemplo); el programa y producción “Fútbol para todos”; promover con decisión el establecimiento de una nueva Ley de Medios y acompañar a los organismos de derechos humanos en la investigación del caso Ernestina Herrera de Noble (principal accionista del Grupo Clarín y sospechada de responsable de crímenes de lesa humanidad) y, sobre todo, el programa Asignación Universal por Hijo, que moviliza miles de millones de pesos en pos de la inclusión de millones de niños, con resultados tales como el incremento en un 25 por ciento de la matrícula escolar en el sistema de educación pública y gratuita.

Respecto de la segunda cuestión puesta a consideración, “las deficiencias del gobierno a la hora de comunicarse con la sociedad”, no viene al caso afirmar que el Ejecutivo nacional siempre comunicó bien, porque muchas veces se equivocó. Se trata de acordar sobre cuáles son las herramientas comunicacionales esenciales de un gobierno, de un Estado.

¿Lo son acaso las estrategias y los programas de ejecución de sus expertos en comunicación? Sin duda son importantes pero no son las herramientas decisivas. Estas últimas pasan por las políticas de Estado en consonancia con las expectativas, las necesidades y los deseos de las mayorías populares, entonces en sí mismas eficaces comunicadoras y movilizadoras.

Una vez tomadas las decisiones es importante que sean divulgadas con eficacia –la campaña sobre el segundo Centenario y otros cortos que apoyan a “Futbol para todo” son una ejemplo de ello-, pero la naturaleza comunicacional última radica en el contendido preciso de las políticas de Estado adoptadas.

Esta diferenciación no es meramente una cuestión de matices ni una letra chica de apreciación política. Se inscribe en un debate que debe darse a fondo en el campo de la comunicación social, en el sentido de revisar su paradigma hegemónico, más allá de que el mismo contenga y posibilite discursos “progresistas” y de izquierda: la comunicación y sus medios como fetiches.

Ese proceso de fetichización, incrustado por cierto en los programas de estudios de las carreras de comunicación y en las preceptivas de la profesión de comunicador-comunicadora , es el que condujo a privilegiar el proceso técnico específico respecto de los sujetos tangibles, los propietarios reales de la palabra, del signo..

Semejante mecanismo de distorsión no solo prohijó la consagración metafísica de los comunicadores en el seno del Estado, de los gobiernos, sino que, y con efectos de mayor gravedad, legitimó el rol omnipotente de la corporación mediática, expropiadora de los espacios públicos como escenarios naturales de la práctica política y social. Así fue el Grupo Clarín pudo potenciar a un político “de izquierda” como el diputado Fernando Solanas, cuando constató que el discurso de este resultaba funcional al objetivo estratégico de la corporación: golpear al gobierno nacional.

Por consiguiente, es probable que haya que relativizar el carácter estratégico de la batalla mediática, quizá ubicándola como cuestión táctica de primera magnitud y ubicar en el centro de la escena a los sujetos de carne y hueso en las calles, en “la plaza pública y corpórea”. Una vez más qué fue (y es primero): ¿el huevo o la gallina?

lunes, 24 de mayo de 2010

Bolivia: Capturaron al asesino del Che Guevara


Una jueza boliviana ordenó la detención domiciliaria del general retirado Gary Prado Salmón –quien capturó en 1967 a Ernesto “Che” Guevara– y lo acusó de lazos con una banda de mercenarios.

La jueza de medidas cautelares Betty Yañiquez ordenó arresto domiciliario y arraigo en contra de ex general boliviano Gary Prado, quien saltó a la fama tras capturar al guerrillero Ernesto “Che” Guevara en 1967, por supuesta complicidad con una banda terrorista internacional.

El ex militar declaró ayer, jueves, ante un fiscal y negó los cargos de complicidad con el grupo que supuestamente planeaba asesinar al presidente Evo Morales e instaurar un estado independiente en Bolivia.


Así informaba el diario Página 12 de Argentina acerca de este hecho
Gary Prado Salmón quedó en la historia al arrestar al Che y sus compañeros. El militar retirado aparentemente servía de asesor a una banda de mercenarios, liderada Eduardo Rózsa Flores.

La jueza en lo Penal de La Paz, Betty Yañíquez, ordenó el arresto domiciliario del ex general Gary Prado Salmón, el hombre responsable de la captura de Ernesto “Che” Guevara en 1967 en Bolivia. Además detuvo a otras dos personas por sus presuntos vínculos con un grupo terrorista que habría operado en la región oriental de Bolivia en el 2008, un episodio que terminó con la revelación de un grupo de extrema derecha, con vinculaciones en el resto de América latina, incluidos ex carapintadas argentinos.

Yañíquez ordenó también el arresto de Ronald Castedo, presunto presidente de la logia Caballeros del Oriente y ex gerente de la cooperativa telefónica Cotas, de Santa Cruz, y de Juan Carlos Santisteban, jefe de la Falange Socialista Boliviana (FSB). La jueza dictó la orden de arresto domiciliario después de interrogarlos anoche en Santa Cruz, a mil kilómetros al sudeste de La Paz. Según explicó la magistrada, los tres acusados se negaban a ir a esa ciudad a declarar con el argumento de que no se los permitía su estado de salud.

Prado Salmón, el hombre que quedó en la historia al arrestar en el medio de la selva al Che y sus compañeros, quedó parapléjico a mediados de la década de los ’80 tras recibir un disparo que le dañó la columna vertebral durante un intento de golpe de Estado en Santa Cruz. El ex general había comandado las tropas que participaron en los últimos combates en Ñancahuazú y luego asesinaron al líder revolucionario en el humilde poblado de La Higuera en 1967.

Ahora el militar retirado aparentemente servía de asesor a una banda de mercenarios, liderada por el boliviano-croata Eduardo Rózsa Flores, con planes separatistas y de magnicidio de los principales dirigentes de este país andino, entre ellos el presidente Evo Morales. De acuerdo con la investigación, a Prado Salmón, uno de cuyos hijos también fue imputado por nexos con Rózsa Flores, se lo acusa de sostener contactos con el líder de la banda de extremistas.

En el operativo del 16 de abril de 2009, además de Rózsa Flores, murieron sus colaboradores Arpád Magyarosi (húngaro-croata) y Michael Martin Dwyer (irlandés). El tiroteo en su habitación de hotel en Santa Cruz reveló una red de mercenarios, dirigentes de derecha latinoamericanos y hasta ex militares, como los carapintadas argentinos, que mantenían vínculos estrechos y compartían una misma ideología. La investigación llevó a que el gobierno de Morales llamara a las embajadas de las personas involucradas o sospechosas de estar involucradas con los detenidos. Sin embargo, pruebas posteriores demostraron que Rózsa tenía planeado atentados tanto contra Morales, como contra las autoridades locales de Santa Cruz, rivales acérrimos del gobierno del líder indígena.

Dos días después de la muerte de los tres mercenarios fueron detenidos Mario Tadic (boliviano con pasaporte croata) y Elod Tóásó (húngaro), quienes están en prisión preventiva en la ciudad de La Paz. La investigación continúa en Bolivia y ya produjo varias detenciones de dirigentes cívicos (pro-autonomía) santacruceños, sospechados de haber financiado y cooperado con los mercenarios.

Octavio Getino habla sobre la Ley de medios

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