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sábado 21 de noviembre de 2009

Diploma al Valor

Víctor Basterra, sobreviviente de la ESMA, recibirá esta tarde el Diploma al Valor que entrega la Legislatura de la Ciudad de Buenos Aires por el material gráfico que rescató mientras estuvo detenido-desaparecido y que fue clave para desenmascarar ante la Justicia a los ejecutores del aparato represivo que funcionó allí durante la dictadura. La entrega del reconocimiento será a las 18 en el salón Montevideo del Palacio Legislativo. A pocos días de comenzar el juicio oral y público por un tramo de la mega causa ESMA, la entrega del diploma se realizará a las 18 en el salón Montevideo del Palacio Legislativo, donde asistirán autoridades, legisladores y miembros del Instituto Espacio para la Memoria, del que forma parte el ex detenido-desaparecido.

Víctor Basterra, trabajador gráfico y fotógrafo, fue secuestrado el 10 de agosto de 1979 y permaneció en la ex ESMA hasta el regreso de la democracia, siendo vigilado hasta agosto de 1984.

Las fotos de los secuestrados en la ESMA fueron sacadas de ese lugar por Basterra en el final de su cautiverio, mientras estaba detenido pero podía hacer algunas salidas. Arriesgó sus posibilidades de sobrevivir para poder aportar un testimonio irrevocable contra los asesinos de sus compañeros.

También se llevó un puñado de retratos de represores, que durante todos estos años sirvieron para identificarlos, probar su paso por el centro clandestino de detención y que aportó como pruebas en el juicio a las Juntas y en otras causas que investigan los crímenes del terrorismo de Estado, como la que el Tribunal Oral Federal 5 iniciará el 11 de diciembre cuando juzgue a los ex marinos Alfredo Astiz, Jorge "Tigre" Acosta y 17 represores más.

Entre los considerandos para la entrega del Diploma de Honor al Valor, el autor de la iniciativa diputado Facundo Di Filippo destacó "el reconocimiento a su arriesgada acción de recopilar -durante su cautiverio y sometimiento a torturas en el centro clandestino ESMA- documentación gráfica que se ha constituido en prueba fundamental sobre los crímenes de lesa humanidad de la última dictadura militar".

"Recopilar y poner a resguardo toda esa documentación gráfica del horror que sufrió fue para Basterra una obligación y compromiso militante, un mandato de todos los torturados y asesinados en la ESMA", dice en otro tramo la iniciativa del reconocimiento a Basterra, quien pacientemente en cada salida que le era concedida, se colocaba en la ropa interior los negativos que iba rescatando para llevarlos fuera del centro clandestino de detención.

"Sacar fotos indica tanto la acción de tomar fotos como de quitarlas de un lugar, trasladarlas. Víctor Basterra, sobreviviente de la ESMA, fue obligado, durante su cautiverio, a tomar fotografías de sus represores, para sus documentos", escribió en 2006 María Moreno para el suplemento Radar de Página/12. "Era otro fotógrafo el que tomaba fotos de los cautivos. Lo que Víctor Basterra hizo fue `sacar fotos´ de los desaparecidos de la ESMA, junto con otros valiosos documentos. En el libro Memoria en construcción, el debate sobre la ESMA, Marcelo Brodsky le sigue el juego a la ambigüedad de la expresión `sacar fotos´: `Me equivoqué, es cierto, Víctor. No apretaste el gatillo. Pero sacaste las fotos, y lo hiciste dos veces. Y las dos te fue la vida en ello. Las sacaste de la pila, las salvaste de la hoguera, las quitaste del olvido. Y después las sacaste de nuevo. Las pusiste ahí abajo, muchos huevos, la verdad, y las llevaste afuera, ¿al mundo real? Las escondiste adentro y las sacaste afuera, claro que las sacaste, Víctor. Las sacaste dos veces aunque no hayas apretado el gatillo´".

LOGRAR LA UNIÓN NACIONAL: HACIA UNA INCLUSIÓN SOCIAL, EDUCATIVA Y PRODUCTIVA



¿Inclusión o exclusión para los argentinos? Por Eric Calcagno

La Unidad nacional es mucho más que una consigna: ha sido el objetivo de todas las constituciones que se dio la argentina. Para lograrla, en el plano social es indispensable solucionar las desigualdades esctructurales del país

Alfredo Eric Calcagno El primer objetivo fijado en todas las constituciones nacionales argentinas, desde la de 1853 hasta la de 1994, es la unión nacional. Su práctica supone defender la soberanía e integrar e intercomunicar a todos sus habitantes y regiones en un pie de igualdad. Implica un sentido de pertenencia, con una fuerte dosis de solidaridad social, que privilegia la homogeneidad social y la integración física nacional.

No se trata de un bien que nos haya sido otorgado de modo irrevocable, sino de un valor cuya preservación implica una lucha permanente. En el plano social y regional, se quiebra la unidad nacional cuando impera la heterogeneidad estructural (desempleo, distribución muy desigual del ingreso, diferentes accesos a los servicios de salud y sanitarios entre grupos sociales y regiones). En lo físico se atenta contra ella cuando no existen medios de comunicación y transporte que vinculen todo el país. En los ámbitos económico y político, se la vulnera cuando se hace prevalecer el interés de un sector por sobre el del conjunto nacional. En el plano informativo se deteriora la unión nacional cuando existen sectores monopólicos y hay grupos cuya opinión no se difunde.

Distintas fuerzas y modelos. La característica central de los modelos de desarrollo que se han alternado en la Argentina consiste en su naturaleza integradora o excluyente. El modelo industrializador que se consolida en los años 1940 tuvo como eje la integración de las clases trabajadoras en un aparato productivo en plena mutación, incorporándolas al consumo moderno y a la seguridad social; no menos importante que esa inclusión económica y social e inseparable de ellas fue su incorporación masiva a la vida política y sindical. La integración nacional entonces se tradujo por una redistribución progresiva del ingreso, un sector financiero y un ordenamiento del comercio exterior (Iapi) que favoreció el desarrollo industrial y unos servicios públicos nacionalizados que buscaban mejorar la integración física de los argentinos.

Los sucesivos golpes militares procuraron todos revertir esa participación y devolver el monopolio de la política al establishment económico y a sus aliados nativos y extranjeros. La restauración oligárquica adoptó su faz más nítida y brutal con el modelo neoliberal instalado en 1976. No se trató entonces sólo de una exclusión política de las mayorías populares, sino también de instaurar un modelo excluyente en lo económico, social y regional.

En este contexto, están en juego varios problemas de fondo. El primero es la índole de la futura Argentina: si, continuando el ciclo comenzado en 2003, seremos un país con hegemonía industrial y con servicios y agricultura de punta; o si prevalecerán el sector rentístico y los monopolios. En cada caso, predominará un grupo social y económico, lo que tendrá importantes repercusiones sobre la inclusión o exclusión social y económica.

¿Inclusión o exclusión? Con este telón de fondo, el eje de la controversia que enfrenta hoy al Gobierno y a la oposición consiste en consolidar –o no– la unión nacional mediante la incorporación de los excluidos. Este es el meollo del problema político actual. La Argentina tiene excluida o semiexcluida a una parte importante de su población. Frente a esta realidad hay dos posiciones. El establishment considera inaceptable tener que pagar impuestos proporcionados a sus ganancias, que se les ponga límites a sus ingresos rentísticos y a su poder de mercado o que la parte de los asalariados en la distribución del ingreso haya subido del 34 al 43%; y sostiene que el Estado no está para incluir a los excluidos, sino para contenerlos y reprimirlos; y que con el tiempo, la riqueza de los de arriba se derramará sobre los más pobres. El problema para la democracia es que cuando corren riesgo su poder y su dinero, los grupos hegemónicos no tienen límites en la defensa de sus intereses.

Por su parte, el Gobierno aplica una política coherente de inclusión social, educativa, informativa, de infraestructura y política.

La inclusión social significó desde 2003, la incorporación al trabajo de 5 millones de personas, a la jubilación de 2 millones, y a las asignaciones familiares a los 3 millones de hijos de desocupados y trabajadores en negro. El desempleo y el subempleo son todavía elevados (8,4% y 9,1% de la población activa al primer trimestre de 2009) pero son mucho menores que seis años atrás (20,4% y 17,8% respectivamente), y no aumentaron significativamente pese a la crisis internacional. Además, la tasa de trabajadores no registrados disminuyó del 49% al 36%.

El retorno al sistema de jubilaciones de reparto y el establecimiento de la movilidad de los haberes jubilatorios mejoran radicalmente las perspectivas de ingresos reales de los jubilados presentes y futuros, después de décadas de permanente deterioro.

La inclusión educativa se refuerza con la Ley de Financiamiento de la educación, que destina a esos fines el 6% del producto interno bruto; y con el renacimiento de las escuelas técnicas.

La inclusión informativa se implanta con la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual, que rompe el monopolio informativo de la televisión y la radio, y permite la expresión de todas las opiniones. Es una inclusión de doble vía: por una parte se amplía de modo sustancial la posibilidad de que grupos culturales, políticos y sociales instalen radios y televisoras; y por la otra se permite al usuario conocer todos los pareceres frente a cada hecho.

La inclusión por medio de la infraestructura implica la ejecución de obras públicas, en particular en materia vial, de energía, ferroviarias, de vivienda, agua potable y alcantarillado.

Para mejorar la inclusión política, el Gobierno propone un sistema electoral, que hará participar a todos los ciudadanos en las decisiones y candidatos de cada uno de los partidos políticos.

Se trata, como se ve, de medidas estructurales que hacen a la equidad en el acceso a ingresos dignos y a servicios y derechos básicos. No hay una apuesta por un crecimiento económico inequitativo que por sí mismo sacaría a todos de la pobreza por obra y gracia de un chorreo indigno. Los resultados de ese modelo ya lo conocemos: ni equidad ni crecimiento, sino más pobreza y exclusión. Por el contrario, las políticas de integración son esenciales, tanto para hacer viable el crecimiento en el largo plazo como para construir la sociedad que queremos.

En síntesis: el Gobierno lucha para jerarquizar el sistema productivo (con la industrialización y el apoyo a la actividad productiva antes que rentística) y para incorporar a los millones de personas hoy excluidas o integradas a medias. Si se lograra, cambiarán la sociedad y la realidad argentinas, desde su configuración jurídica y política hasta la estructura técnico-económica. Entonces, sí se habrá logrado la unión nacional.

La Vuelta de José Hernández


Por Marcelo Sánchez Sorondo

El trayecto político de José Hernández se despliega en la segunda mitad del siglo XIX, en torno a la bisagra histórica del federalismo democrático, por lo que obtiene su madurez con el advenimiento del Estado moderno en 1880.

Hernández, que había participado en la última montonera junto a Ricardo López Jordán, participará del primer roquismo —partiendo del autonomismo alsinista— y será el gran defensor parlamentario de la federalización de Buenos Aires.

En las dos partes del Martín Fierro está cifrado este cambio de época y de modalidad en las luchas del criollaje, precipitado por la destrucción de sus formas de subsistencia por parte del mitrismo porteño. Holocausto gaucho del cual el poema hernandiano es inapelable metáfora.

El siguiente texto es parte de un breve ensayo ("Martín Fierro y la Generación del 80") publicado por el escritor Marcelo Sánchez Sorondo en la revista Todo es historia de octubre de 1981. Como en el resto de su obra, el inasible nacionalista reitera en estos fragmentos su inagotable capacidad para eludir los lugares comunes. José Hernández y la vida de José Hernández están detrás de su poema. No existe en otros casos una relación tan marcada, tan nítida, entre la zaga humana del autor y el desarrollo parabólico de su obra. Pero tampoco hay ejemplo de una absorción semejante de la personalidad de aquél en virtud de la trascendencia adquirida por ésta. Hernández quedó, pues, literalmente atrapado por la fama de Fierro con la cual consiguió rehacer su personalidad política. Por eso, no es posible despojar a Fierro de las significaciones que descubre la odisea de Hernández. Y por eso, también, no puede dejar de leerse, como en un palimpsesto, esa versión escondida bajo el texto del libro que sugiere la vida de José Hernández. Hay en esta vida dos estadios que se ajustan conceptualmente con las dos fases del poema separadas por la torva bacanal indígena cuyo asunto constituye el término —la última Thule— de La Ida aunque literalmente se inserte como introducción en La Vuelta. El primero de esos estadios hernandianos comienza con el eco de los estampidos de Caseros y después de insistentes avatares termina con la presidencia de Avellaneda. Todo esto en la traslación política de La Ida aparece transfigurado por simbolismos paralelos. El gaucho Martín Fierro se publica en el intervalo que media entre los contrastes iniciales de López Jordán, cuando Hernández ya había sido arrollado con él en Ñaembé aunque faltaba todavía que pusieran a precio su cabeza junto a la del último caudillo. La segunda etapa de la vida de Hernández se desenvuelve a partir de su reinstalación definitiva en Buenos Aires. Al retorno del último exilio en Montevideo, queda atrás el periplo andariego que lo alojó en Paraná, Corrientes y Rosario. Para Hernández, que fuera de Buenos Aires, no encontró su senda, ha llegado el momento de entenderse con Adolfo Alsina cuyo partido le ofrece, si no la reconciliación explícita, al menos la apertura a la concordia. Es el tiempo de La Vuelta, de la sabia recordación, abundante en consejos. Hernández llega de lejos porque —la frase es de Julio Costa— viene de la adversidad. Ha cumplido treinta años y perseguido, desde sus mocedades, ese país que se va. Años de intransigencia en el sí sí, no no de los fines y de pobreza franciscana en los medios. El torneo, como ciertos desafíos, ha sido desigual, mas el campeón, que tiene la fuerza de un hércules de feria, conservará intactas sus reservas. En realidad, durante esa fiesta brava, que terminó con un doble ostracismo, el político se conserva indemne, en latencia virtual, al verse insensiblemente desplazado por el hombre de acción. El triunfo de Avellaneda palanqueado por Alsina y, sobre todo, la derrota de Mitre en el comicio y en el campo de batalla exoneran a Hernández del peso de sus antecedentes de personaje marginado y hasta facilitan su acceso a la carrera de los honores. En Abril de 1876, se incorpora al partido autonomista y no acompaña ya en su tercera y última salida a López Jordán; antes bien, en su meditación de conciencia ha resuelto abandonar definitivamente la estrategia del valor desesperado, del todo o nada cuya apuesta libera a los genios de la "suerte reculativa" —maravillosa expresión de Fierro— para reconciliarse, en cambio, con la política cómo arte de lo posible. No ha renunciado a sus convicciones ni alterado su tendencia; sólo que no querrá insistir en estrellarse contra la pared. El 3 de Marzo de 1879, se incorpora como diputado a la Legislatura porteña. Reelecto en el 80, ocupará al año siguiente una banca en el Senado provincial. Y será senador—el senador Martín Fierro— hasta su muerte, ocurrida el 21 de Octubre de 1886. (...) La repercusión del libro Martín Fierro —el libro— repechado por el eco y el oleaje de su acogida multitudinaria cuyo estruendo llegaba a los salones más discretos y atildados, vino a ratificar la existencia de una genuina y válida —para todos— literatura nacional. Había sido escrito a contramano de la marcha del país, a contramano de los refinamientos y sensibilidad en boga entre los corifeos de las tertulias políticas y literarias del 80. Frente a quienes prestaban su imaginación para mecerse al compás del progreso indefinido o para soñar en deliquios inefables con la última entrega del romanticismo europeo, Hernández enérgico y tozudo se planta con su Martín Fierro y ofrece una radiografía de la vida local. El asombro con que la Gran Aldea lo recibe no era debido a la circunstancia de que el protagonista fuese un gaucho, puesto que la literatura gauchesca había derramado ya mucha tinta. Era otro el motivo. sustancial: ese gaucho protagónico abandonaba el terreno de la fantasmagoría pintoresquista y ciertamente inofensiva en que hasta entonces lo situaron para avanzar con paso vivo sobre el aquí y ahora de nuestra realidad. Con la materia con la que otros compusieron entremeses folklóricos, variaciones de sainete, como un "divertissement" amable alrededor de un indolente cuadrito de costumbres, Hernández redacta un Yo acuso formidable cuya resonancia en el alma argentina perdurará siempre. En Fierro, en la persona de Fierro, Hernández encarna las cualidades de la patria vieja: su vigor ascético, su valor inmenso, soberano, de criatura primitiva, cercana a los, días de la creación. Fierro, el trashumante Fierro, que se había hecho matrero y se esfumaba en los caminos sin apostadero del Desierto, era ese mismo crisol de la raza criolla, esa misma patria que se desangraba perseguida por los agentes y las consignas de la llamada “civilización”. Así, pues, con tal diseño, impregnado de realismo al punto que el lector en semejante travesía intelectual compromete sus cinco sentidos, las figuras del poema adquieren una veracidad patética, que trasciende la anécdota costumbrista y adquiere, como lo vio (Leopoldo) Lugones, la orquestación de una epopeya. Fierro crece ante la posteridad y deviene el símbolo que arranca tenazmente del olvidó a la nación prístina donde cabalgaron en su guerra a muerte unitarios y federales.

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