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domingo, 24 de abril de 2011

La memoria viva comechingona

Los curacas Ramón (con su mujer) y Argentina, con la ropa que los identifica, a unas cuadras de su río, el Suquía (Foto: Nicolás Bravo).


Los curacas, descendientes de los primeros habitantes de la ciudad, los comechingones, alzan la voz para que sus tradiciones no sean olvidadas.


“Cuando era chica mi madre siempre nos hablaba de los comechingones pero en cuarto grado empezamos a estudiar los pueblos originarios y en el manual ni figuraban. Entonces me contó que mi familia es de origen comechingón y dijo: ‘Vaya a la escuela y diga quiénes son sus ancestros’”,

“Señorita, yo soy comechingona del pueblo de La Toma, mi madre y toda mi familia son indios comechingones”, me envalentoné en la clase. “De inmediato todos mis compañeros se metieron debajo de sus bancos y empezaron a burlarse, decían: ‘cuidado con la india que nos va a tirar una flecha’ y en ese momento me puse a llorar”.

Entre lágrimas diluidas por casi 500 años de olvido, la lucha del Pueblo Comechingón de La Toma por el reconocimiento de sus compatriotas fue constante.

Los curacas (caciques) son quienes van al frente en esta empresa y a través de la transmisión oral se encargan de inmortalizar la tradición comechingona. La historia que da inicio a esta nota es la de Argentina Perrone Acevedo (74). Ella y Ramón Aguilar (78) llevan vinchas en la cabeza y en una casita de Villa Siburu, cerca del río y al lado de Alberdi, se preparan para hablar de sus historias pidiendo la bendición del Dios Sol (Inti).

En la mesa, como marca la tradición, una piedra de cuarzo indica quien tiene la palabra. Habla la curaca Argentina: “El pueblo de La Toma (hoy barrio Alberdi) comenzaba a orillas del río Suquía, desde la Cañada, y los comechingones se desarrollaban hacia las montañas. Mi bisabuelo, el curaca Lino Acevedo, tenía leguas de tierra. Los comechingones eran grandes agricultores y él trabajaba muy bien la tierra. Murió repentinamente, tenía nueve hijos que quedaron huérfanos y los separaron a todos para quedarse con las tierras. Así perdimos nuestro lugar”.

Siete son los curacas del Pueblo de La Toma. Cada uno representa a una familia de linaje comechingón y son elegidos por sus representados. Ramón Aguilar, por ser el más grande de la comunidad, es el concejero mayor y su historia tiene los mismos ingredientes de tradición agrícola y pérdida. “Perdimos todo por una mala administración, pero mi abuelo siempre me contaba todo lo que teníamos y siempre me decía que yo tenía que preservar las tradiciones de nuestro pueblo”, cuenta.

El Suquía y la salamanca. Argentina y Ramón recuerdan su infancia ligada al río y dicen que siempre antes de iniciar cualquier actividad se le pedía permiso al Suquía. El curaca Aguilar rememora que “a orillas del río se pescaban unos peces enormes, había muchas lagartijas, a las que le poníamos hasta nombres, y nutrias” y lamenta: “Ahora es un asco si vas, sacás garrapatas”.

Muy cerca del actual puente Turín, cuenta el cacique, está la salamanca del Suquía. “Es la cueva donde habita Satanás. Yo la he visto, fui una vez con mi abuelo, porque había un hombre, el Amanache Regina, que quería aprender a tocar el violín pero no tenía ni plata para el instrumento”.

“Cuando llegamos a la salamanca mi abuelo le dijo al Amanache que se metiera desnudo porque así lo indica la ley de Satanás. Adentro, lo atendió un joven muy buen mozo que le regaló un violín y aprendió en un sillón hecho de serpientes vivas”, dibuja el curaca con sus palabras.

“Cuando salió de ahí no podía parar de tocar. Los sábados, cuando los viejos de barrio se juntaban a jugar a las bochas, el Amanache se ponía a tomar cerveza y tocaba. Los viejos chupados bailaban entre ellos. El Amanache fue profesor y tocó en muchos teatros pero después se murió seco, estaba cansado, quería dejar el violín y Satanás le pidió el alma”, concluye Aguilar.

Internas. El grupo de los siete curacas del pueblo comechingón de La Toma está dividido. Sólo quedan dos representantes de los originales: tres fueron expulsados y uno murió hace pocos días. Se trata de Rubén Villafañe, insignia de la lucha por la reivindicación del pueblo de La Toma.

Argentina y Ramón son, por ahora, los únicos curacas que representan a la comunidad. Según cuentan, quienes los acompañaban fueron expulsados porque comenzaron a tomar decisiones sin consultarlas con el grupo. “Nuestro reglamento interno dice que nadie hace nada sin consenso, entre nosotros no hay superiores”, destacó Ramón.

Por su parte, Argentina agregó: “El nombramiento de curacas no se puede hacer así nomás, tienen que realizarse muchos estudios para determinar si esa persona es comechingona para aceptarla. Además, los que se separaron quieren formar una nueva comunidad llamada Quisquisacate”.

Supervivencia comechingona. A la comunidad cordobesa le corresponde un subsidio del Instituto Nacional de Asuntos Indígenas (Inai), que tienen que tramitar vía Afip. Cuando la plata les llegue piensan comprar un saloncito para reunirse, ya que hasta hoy se juntan en una sala prestada por el Instituto de Cultura Aborigen de Alto Alberdi.

Dedicados al pasado para construir el presente, los curacas trabajan para la transmisión de la cultura comechingona.

Realizan muchas visitas a colegios de toda la provincia para contar cómo y dónde vivía este pueblo. Ramón ya recorrió muchos kilómetros y trabaja para el programa provincial Abuelo contame un cuento.

Según estos caciques, la comunidad de La Toma tiene unos 700 descendientes de comechingones empadronados y hay muchos más en la lista para anotarse.

Con la piedra en la mano, la vincha en la cabeza y la bendición del Sol, Ramón Aguilar pide que su lucha dé frutos, que La Docta no lo olvide, porque él es un legítimo hijo del Suquía: “Queremos que el pueblo de Córdoba nos reconozca, que nos respeten como nosotros lo respetamos, que no digan que no estamos si, ¡acá estamos ! ”.


Dia a Dia Córdoba.24 de abril de 2011.-

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