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lunes, 25 de marzo de 2013

ALCURNIA DE SORETES




Te moriste José Alfredo
finalmente te fuiste
como todos los soretes
nadie desfilo sobre tu tumba
nadie acudió a tu entierro
ni flameo una bandera
o una antorcha en tu honor
nadie mas que tu carroña…
que sobre bosta se erigió opresora
devastando las arcas,
las almas, las sonrisas
las esperanzas
el llanto contenido
las noches de lujuria
y miedo
intestina lucha
lograron distraernos
gritar gol como boludos
festejar cualquier pavada
y creernos superiores
e inferiores a la vez…
pero siempre “los mas”
Eso salió de vos
Pura mierda de personas
Argentinos derechos y humanos
Secuestrados
Maniatados obligados a firmar contratos
Cuanta raigambre de asesina sepia
Alcurnia de soretes
cultivados en las pampas
de fértil sangre enriquecida…
sos el fruto del dominio
de la opresión con sangre
despiadados frente a todo
sin tapujo de menosprecio al resto
te cocinaras en tu propio odio
porque ni tu hijo sensato de toda ley
un día zafará de tu designio de malicia
y moriras de nuevo solo
sin poder
y sin gloria
pero por gracia del pueblo
nunca mas sin memoria!

                                                                                               Gabriela Piovano   25_03_13

jueves, 14 de marzo de 2013

LAS ACUSACIONES CONTRA BERGOGLIO SERÍAN FALSAS



               No soy de los que se suman a las comparsas de los dedos acusadores y menos cuando no hay pruebas fechacientes y sólo se invocan supuestas confidencias de gente ya fallecida que por lo tanto no puede rectificarlas.
               No necesito aclarar que no simpatizo ideológicamente con el nuevo Papa ni tampoco me agradaron sus posicionamientos contra algunas políticas del Gobierno Nacional. Pero creo que se estan hablando muchas pavadas sobre su pasado.
                Horacio Verbitszky acostumbra a alzar su índice acusador a diestra y siniestra, a veces con razón y otras sin ella, aunque nunca hizo una autocrítica -que le diera autoridad moral- respecto de su papel en la conducción de Montoneros en la época en que dicha agrupación cometió los peores errores imaginables, que costaron la vida a decenas de compañeros.
                 Pero dejando eso a un lado, parece que en el caso de Bergoglio se equivocó fiero. Ya lo desmintió Adolfo Pérez Esquivel, quien dijo que el nuevo Papa no fue colaboracionista ni delator de la dictadura. Sí cabría reprocharle no haber levantado su voz contra la dictadura, como hicieron De Nevares o Novak, pero hay una gran diferencia entre la falta de valentía para confrontar y la delación.
                Además del testimonio de Pérez Esquivel -persona mucho más seria y creíble que Verbitszky-, he recibido personalmente el de un compañero, militante eclesiástico de base, quien me refirió:
1) que lejos de acusar a Bergoglio de haberlo delatado, Yorio solía referir que a él debía haber salvado su vida;
2) que Bergoglio fue el único sacerdote que acompañó hasta su muerte a un cura enfermo de HIV, lo visitó y atendió asiduamente cuando todos los otros curas lo abandonaron;
3) que Bergoglio concurría regularmente a la villa a hacerles  "el aguante" a los curas villeros, cuando eran reprimidos en la época de Menem y durante una huelga de hambre que emprendieron contra el Gobierno de la Ciudad;
4) que siempre fue un sacerdote con un fuerte compromiso social.
               No sé si todo esto es cierto, pero quien me lo refirió me resultó creíble.
               No comulgo con las ideas de Bergoglio, que es para mí un hombre de derecha, pero no me parece justo que lo acusen sin prueba. Y en todo caso, cabe respetar a cualquier persona que tenga un compromiso social, aunque piense distinto a uno.
               En cuanto a la Iglesia argentina, el rol de buena parte de su jerarquía como corresponsable y cómplice de la dictadura está más que claro. Pero una cosa es la responsabilidad institucional y otra muy distinta las responsabilidades personales de sus integrantes.
               Tal vez si Bergoglio hubiera sido más claro y menos "político", hoy no sufriría estas acusaciones. Pero eso no justifica ensuciar a nadie, y mucho menos por razones ideológicas...
               En cuanto a lo que haga como Papa... no sé, no soy futurólogo...

Javier Garin, abogado de DDHH, cel 155-990-9876.-

martes, 12 de marzo de 2013

LA "HEREJÍA" DE CHÁVEZ




Hugo Chávez fue sin dudas alguien que supo interpretar la condición contemporánea y leer como nadie las señales de la época. Se situó en el punto exacto desde donde pudo descorrer el horizonte y desocultar la realidad de este tiempo, pero principalmente vino a desdecir la creencia de que en el mundo ya no era posible el surgimiento de líderes políticos y que los gobernantes, sin posibilidad de acción para transformar las cosas, debían quedar reducidos a meros administradores o gestores de los negocios e inversiones, tal como si un mecanismo impersonal y autónomo se hubiera puesto en movimiento prescindiendo de las voluntades y de las decisiones humanas.
Apareció Chávez en escena cuando nadie esperaba un Chávez y había sido decretada la impotencia del discurso político. El relato imperante mandaba dejar la suerte de todos en manos del nuevo dios omnipotente sobre la tierra: el mercado, pretendidamente el único discurso amo contemporáneo, en un final de siglo donde los grandes Bancos se constituyeron en los nuevos templos desde donde se irradiaba el credo, la fe en que la sabiduría del mercado iba a ser capaz de poner las cosas en su justo sitio y dar a cada cual lo que en función de sus méritos se merecía.
Nadie podía osar inmiscuirse o importunar los sagrados dictados del neoliberalismo sin ser acusado de atentar contra las libertades individuales y la vida democrática, nadie podía querer restituir el valor de la política y las funciones del Estado sin ser catalogado ipso facto de dictador y autoritario. En nombre de la libertad se intentaba legitimar la pérdida más absoluta de las libertades. La “libertad” fue concebida por las corporaciones neoliberales como la libertad para esclavizar a los otros, saquearlos, someterlos, invadirlos, endeudarlos, empobrecerlos, excluirlos y despojarlos inclusive de toda libertad posible.
Ese credo, esa creencia, el neoliberalismo, tuvo y aún tiene a la democracia como a una máxima universal, reducida a lo puramente formal, vaciada de todo contenido, una  cáscara, un mero significante utilizado como un “comodín” que se saca de la manga a la hora de legitimar los saqueos y las apropiaciones, el Verbo en nombre del cual se persigue y somete a los “impíos” y “herejes”.
Los economistas liberales, los yuppies, los “políticos” a sueldo de las corporaciones, los socios locales de los negociados, fueron los predicadores del dogma, los profetas anunciadores de los nuevos tiempos. Un nuevo fatalismo se erigía sobre la faz de la tierra, donde ya no era posible la intervención humana para torcer el rumbo de las cosas. Quisieron hacernos creer que la suerte de todos, la vida y la muerte, el destino sobre el planeta, dependían más de un cimbronazo en Tokio o de la explosión de un petardo en México, que de la intervención de los gobiernos o las decisiones de los ciudadanos. La suerte estaba echada. Por otro lado, y contradictoriamente, a nivel de lo individual, se pregonaba falsamente la libertad sin condicionamientos. Por un lado se decía que no se podía intervenir en el acontecer del mundo y, por otro, se afirmaba que de la competitividad y de las iniciativas individuales dependía el destino particular de cada cual. El nuevo fatalismo fue en realidad la argucia para liberar de cargo y culpa a los dueños del universo. Todo cataclismo, todo empobrecimiento, toda exclusión social no eran ya, para el “Credo”, responsabilidad de los grupos concentrados de la economía, sino sólo efectos del ejercicio de la voluntad suprema del impersonal dios del mercado. De este modo la desresponsabilización y la desculpabilización se instalaron sobre la tierra.
Pero vino Hugo Chávez a interpelar y complicar la creencia de los monjes paganos, a desarmar el “mito fundador” de la ideología de mercado, a mostrar que no era cierto todo eso del nuevo fatalismo, a decirles a las multitudes populares que era irreal aquello que les mostraban en la pantalla imaginaria de la época, que los monstruos amenazantes de la aldea no constituían más que un puro invento para mantener la injusticia global y los privilegios de unos pocos.
Chávez vino inclusive, sin ser un filósofo, a dar por tierra con cierta filosofía que había pretendido interpretar apresuradamente las condiciones de la época. Pensadores como Francis Fukuyama, Toni Negri, Jean Baudrillard y otros, habían otorgado la justificación al Credo neoliberal y oficiado de algún modo de garantes filosóficos del quizá más grande de los engaños de la historia humana. Frases como “el fin de la historia”, “la muerte de las ideologías”, “el fin del sujeto”, “el fin de los relatos”, “el mundo hoy se cambia a sí mismo”, etc., acudieron en auxilio del nuevo dogma, la creencia de que al hombre actual sólo le quedaba contemplar la realidad como antaño el hombre de Naerdhental observaba las tormentas y cataclismos, es decir, sin poder entenderla ni actuar sobre ella, de modo tal que ningún país, ningún pueblo, iba a poder ser artífice de su destino.
Pero arribó Hugo Chávez a tiempo para rebatir la sentencia, a decir que aún se podía reinstalar la Política en el sentido más alto, que se podían reestablecer las funciones del Estado por encima de las vivezas y falacias de las grandes mafias mundiales de la economía y que no era verdad que ya no quedaba margen de maniobra para luchar contra las desigualdades. En definitiva, vino presuroso a avisarnos que no había “segunda naturaleza”. Y entonces, los templarios del nuevo absolutismo, con sus cruces y espadas comunicacionales, quisieron, como a las “brujas” de Avignon, quemarlo vivo en la hoguera por haber osado interpelar al nuevo “supremo” de este tiempo y desmitificar su imperativo.
Hugo Chávez vino, entre tantas cosas, a recuperar la pasión y el heroísmo en la Política, y al igual que Evita y el Che, a entregar la vida por las causas populares, pero en una época en la que si algo estaba ausente eran la pasión y el heroísmo. Y más allá de la gran obra que realizó en beneficio del pueblo venezolano y de Latinoamérica, más allá de haber despertado la conciencia de la región y el orgullo de una pertenencia continental, su ejemplo y su enseñanza adquieren hoy una verdadera dimensión universal. Hugo Chávez apareció en el momento justo para develar una clave y revelar el secreto, para desocultar la realidad y denunciar el simulacro, la puesta en escena de la más formidable apropiación del planeta, para demostrar en los hechos que era mentira que ya nada podía hacerse. Quizá el mundo ya no sea exactamente igual que antes, después de la feliz “herejía” de Chávez.
       

 (texto publicado hoy en Diario Punto Uno)
por Antonio Gutierrez

Octavio Getino habla sobre la Ley de medios

SOY LA MIERDA OFICIALISTA

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