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sábado, 21 de febrero de 2009

MUJERES DE ALMA FUERTE

Mujeres de alma fuerte

A las mujeres de Palito, una de las villas más grandes de La Matanza, no les tiembla el pulso para demoler las casillas del hacinamiento y reemplazarlas por viviendas dignas; ni tampoco cuando de arrancar a sus hijos del paco se trata, mientras les gritan a los cuatro vientos que los aman y los quieren vivos.

Por Noemi Ciollaro
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Mary y su hijo Javier, dos años después de que su declaración de amor se convirtiera en el nombre de una agrupación.

Las más ancianas cuentan que promediando la década del ’50 llegaron los primeros pobladores de lo que hoy es el barrio Almafuerte. Dicen que eran desalojados y desalojadas de la Capital, desocupados, pobres sin techo. Delimitaron sus terrenos y el sendero que conducía a lo que actualmente es Camino de Cintura con tacuaras. “Poné palitos”, les decían a quienes recién llegaban para que marcaran los límites de su lote. Así nació la histórica villa Palito, una de las más grandes de La Matanza, enclavada en el corazón de San Justo.

Contenida por Camino de Cintura y las calles Peribebuy, Crovara, Alcorta y Gibraltar, aloja a aproximadamente diez mil habitantes y está partida en dos mitades que grafican la razón de la ebullición constante que se vive allí.

De un lado, cual Sarajevo matancera, están los escombros de las típicas casitas villeras demolidas, y algunas que siguen en pie esperando su turno para ser alcanzadas por el Plan de Urbanización implementado por el municipio con fondos de la Nación. Del otro, más de 700 casas ya habitadas, nuevas y coloridas, de material, con tres y cuatro ambientes, luz, gas y servicios sanitarios, jardines floridos y enmarcadas en un simétrico trazado urbano. En ese sector también está la escuela, el centro comunitario y la sala de primeros auxilios. Todo se construye con la población organizada en cooperativas de trabajo que generaron empleo para cientos de desocupados y un lugar de gran protagonismo para las mujeres del barrio.

Al entrar por Camino de Cintura está lo que la gente llama el casco histórico de la villa, allí se alza la parroquia del padre Bachi, la Escuela de Oficios y el Centro de Contención y Desintoxicación para chicos con adicciones.

El objetivo que inspira el plan de urbanización de villas y asentamientos en La Matanza es promover la inclusión y desterrar la inseguridad y la venta y consumo de drogas. Palito constituye el ejemplo más avanzado que ya comienza a replicarse en Las Antenas, San Petersburgo, Puerta de Hierro y 17 de Enero, otras de las villas del distrito más grande del conurbano, con dos millones de habitantes.

El paco (pasta base), por su bajo precio, es hoy la droga de mayor consumo en los sectores más pobres; su poder adictivo y la destrucción que provoca golpea con brutal intensidad a chicos y jóvenes en las villas.

Nadie quiere morir, nadie

El padre Bachi es uno de los líderes del barrio, nacido en una villa del bajo Belgrano, y crecido en Palito a partir de que su familia fue desalojada de la Capital por la última dictadura. Basilicio Brítez, Bachi para todos, tiene su casa junto a la parroquia y ejerce su función las 24 horas. Pocas son las noches en las que alguna madre no le golpea la puerta porque hay un enfermo grave, una chica a punto de parir, pibes detenidos por la policía, o un chico drogado, inconsciente, casi muerto, que el cura alza de algún pasillo, carga en su camioneta y traslada hacia el hospital más cercano.


Una vista del nuevo barrio desde el descampado donde antes se hacinaban casillas.

El 26 de junio de 2006, junto a una multitud con mayoría de mujeres del barrio y de otras villas matanceras, en coincidencia con el Día Internacional de Lucha contra la Droga, Bachi encabezó una marcha que con pancartas, murgas y rezos recorrió Palito, deteniéndose en las esquinas donde los pibes consumen tóxicos, y en los lugares donde paran los dealers. La recorrida culminó en la cancha del fondo, allí madres de chicos adictos explicaron qué es y qué hace el paco y dieron testimonio de lo ocurrido con sus hijos. Bachi convocó a todos a afrontar la realidad y a actuar en consecuencia. El centro de Contención y Desintoxicación es una de sus iniciativas, allí ya fueron internados muchos chicos que lograron detener el consumo e iniciar su recuperación dentro de la misma villa. Luego continúan el tratamiento ambulatorio en el centro comunal de Prevención de Adicciones de San Justo.

Mary, Clara, Nuncy, Sandra, Elsa, Gloria, Rita, Gregoria y más mujeres que brotan de las calles de Palito cuando Las12 recorre el barrio, son madres, hermanas, ayudantes solidarias, que llevan una lucha de casi tres años contra el consumo de paco a través del grupo “Hijo, te amo”, que fue sumando voluntades y consolidando confianza, afectos y certezas acerca de que juntas todo es posible.

Mary, una mujer pequeña de fortaleza inmensa, fue la que para aquella marcha pintó un cartel en el que se ve a una madre con un adolescente moribundo en sus brazos y la leyenda “Hijo, te amo”, hoy emblema de la agrupación.

Desesperada porque Javier (24), su hijo casado, con dos nenes, se hundía en el consumo, había perdido el trabajo y estaba a punto de ser abandonado por su familia, Mary fue la autora de la frase y relata, “yo ya no le podía decir hijo no te drogues, entonces pinté el cartel y le puse ‘Hijo, te amo’, que fue lo que me salió del alma. Javier andaba muy mal en ese tiempo, y me caminé todo el barrio con ese cartel y gritando ¡hijo te amo, hijo te amo! Como mamá pensé en Javier, pero era para todos, porque a los chicos una los vio nacer y crecer acá en el barrio y ahora los vemos así”.

Javier se enojó mucho y tardó en comprender el dolor de su madre y la amenaza de la vida breve que lo acechaba. Bachi le dijo a Mary que ése era el nombre más apropiado para el grupo de madres, y ella siguió rezando, llorando y organizándose con las demás mujeres de Palito y de otras villas, para arrebatarles la vida de los pibes a la droga. Entre tanto, la psicóloga de la comunidad las contenía con reuniones para ayudarlas a sobrellevar el trance.

Un buen día, después de un año del episodio del cartel, Javier acudió a Bachi para pedirle ayuda, quería largar el paco pero no podía, dos veces huyó de la posibilidad de iniciar su recuperación. La tercera fue la vencida, la sombra del final le pisaba los talones, y cuando recurrió al cura éste lo alojó en su propia casa donde ya tenía ocho pibes más en recuperación, mientras se construía el Centro de Contención y Desintoxicación. “El Padre es único, para nosotros era todo mientras estábamos ahí, él tiró colchones en su casa que es chica, y cuando se levantaba tenía que andar esquivando pibes para ir al baño. No es que te querés matar con el paco, es que no podés parar, nadie quiere morir, nadie. La vida no es fácil en la villa, mantener a la familia, pensar que no tenés un futuro, yo lo único que quería era estar con los pibes en la esquina tomando y consumiendo, porque así no sentís nada, te parece que sos dueño de todo; pero dura poco y para volver a ese estado consumís de vuelta, cagás a tu familia, le sacás la plata, te vas hundiendo, pero no te querés morir. A mí la ficha me cayó cuando llegué una noche y mi mujer y los pibes se habían ido, no me bancaban más, ella laburaba y yo de joda en la esquina.”

En el Centro los chicos pasan la internación, el tiempo más duro del tratamiento, atendidos por profesionales pero cerca de su familia y de Bachi. Al finalizar esa etapa tienen salidas esporádicas con acompañamiento terapéutico y una vez externados, continúan con tratamiento ambulatorio en los Centros de Salud comunales. La internación dentro de la propia villa, dicen, es de gran importancia, porque van a seguir viviendo allí, entre la gente con la que consumían, sabiendo por cuáles pasillos pasan los dealers. “Tener la familia cerca, que te visita durante la internación de seis meses ayuda mucho, es mejor que estar aislado en una granja, lejos de todo, porque el mundo no cambia, y a la villa tenés que volver, los que cambiamos somos nosotros, y la adicción es una enfermedad, no es que somos unos turritos”, explica Javier.


El taller de oficios que impulsan las mujeres de Hijo, te amo.

Elsa, otra madre del grupo, salvó a su hijo de la muerte llamando a la policía, “él estaba mal conmigo porque lo denuncié, pero algo yo tenía que hacer, o me lo mataban en la calle o se mataba él con el paco. Yo lo salvé, fue la noche que llamé a la policía, él estaba tirado como un perro en un pasillo del fondo y venían a matarlo dos tipos armados, me vieron y llamé al patrullero, los tipos rajaron y por un segundo no lo mataron. Macanas andaba haciendo, robaba para el paco, me robó a mí, a mis hijos y a esos dos también”, dice Elsa y se quiebra en llanto, aunque hoy su hijo está recuperado y trabajando.

Los chicos y las madres continúan en la lucha, ellas ayudando con su testimonio y experiencia a mujeres que organizan grupos en otras villas. Ellos pasando el mensaje a pibes que están sufriendo y que los ven bien y les piden ayuda. “Con las chicas es más difícil –reflexionan las madres–, las familias las ocultan, en las mujeres está mucho peor visto, hasta ahora no se nos acercan madres de chicas que consumen, son menos pero hay y necesitan ayuda.”

Con la maza y el amor

Las mujeres dicen que cuando se voltearon las casas de lo que llamaban “la calle de la droga” Gibraltar, al fondo, pegada al predio de lo que fue la fábrica Jabón Federal, respiraron con alivio, porque era el núcleo central de venta.

Delia, Susana, Laura y Yanet son integrantes de la Cooperativa Almafuerte de la urbanización en Palito, jefas de familia algunas, con hijos y nietos, antes empleadas domésticas o desocupadas, hoy, junto a cientos de mujeres más, son el alma de mucho de lo que allí ocurre. “Armamos los grupos de demolición, con lo que les dimos trabajo y sacamos a muchos pibes de la esquina. Cuando los chicos tienen amor, contención y objetivos, le ganás muchas vidas a la droga y les das herramientas para el presente y el futuro. Por eso también se hizo la Escuela de Oficios, allí se capacitan en tornería, carpintería, plomería, computación y otros talleres”, relatan.

“A nosotras este gobierno y este plan nos cambiaron la vida, salimos de criar hijos y limpiar casas ajenas a convertirnos en técnicas, operadoras sociales, administradoras. El sueño de mi vida era ser secretaria, pero sólo hice 7º grado. Ahora me siento feliz, trabajar con todo el barrio, ayudar en las mudanzas, en la adaptación que necesita la gente, es muy fuerte y nos hace sentir que le devolvemos al barrio todo lo que nos dio”, asegura Delia.

Junto a muchas otras mujeres que como ellas integran las cooperativas son las encargadas de administrar los fondos con los que se lleva adelante el plan de urbanización. “Hoy nos hicimos expertas en ladrillos del 15 y del 18, tratamos con los proveedores, vamos a los corralones a encargar los materiales, peleamos los precios y siempre ahorramos unos pesitos para agregar alguna comodidad más en las casas”, cuenta Susana.

Entusiasmadas recuerdan que cuando les entregaron los prototipos de las primeras 28 viviendas del plan Techo y Trabajo vieron que las casas nuevas también tenían techos de chapa y pusieron el grito en el cielo.

“De ninguna manera las casas podían tener techo de chapa, les explicamos a los técnicos, el techo de chapa es el techo de la villa, el de la miseria, el de las goteras, el que te llueve toda la vida, el que no te permite construir para arriba cuando la familia se agranda”, dicen categóricas.

Así fue como todos los planes de construcción pasaron a tener techo de losa y los proyectos originales fueron sufriendo modificaciones surgidas del intercambio y el conocimiento entre los técnicos y los habitantes de Palito.

Los sueños y las fantasías tienen un espacio y se reflejan en el estilo de cada casa. Sobre el diseño básico las familias pueden innovar, cambiar los colores, añadir detalles. Así es posible encontrar una casa azul, de dos plantas, para una familia numerosa, en cuya frente se destaca un balcón blanco de columnas redondeadas, en el que con sólo cerrar los ojos una puede imaginarse a Julieta asomada, mientras Romeo trepa la escalera de soga para acercarse a su amada.

En una esquina, al atardecer, una pareja de ancianos toma mate, ella riega el jardín y él ceba amargos y recuerda otros tiempos, “pasaron 50 años desde la última vez que se hicieron viviendas para los más necesitados en La Matanza, fueron las casas de Ciudad Evita, en ese tiempo todos creíamos que íbamos a vivir en barrios como ése, pero con el golpe del ’55 se terminó todo. Por eso hoy lo que estamos haciendo en Palito es un acto de justicia, se lo decimos a los hijos y a los nietos de todos”.

“A veces nos sorprendemos con las cosas que nos decimos entre nosotros, cuando se hizo el tendido de luz en las calles, un compañero muy querido, uno de nuestros líderes, Juancito Enriquez, dijo ‘para nosotros la luz en la calle es como el árbol de Navidad en la casa, es eso, es como la felicidad’”, relata Delia.

En Palito se festeja seguido, es como un premio que se dan todos por el arduo trabajo cotidiano, ese día las chicas duras bailan, cantan y lucen sus mejores galas hasta el amanecer. Los hombres del barrio dicen que sin ellas nada sería posible.

El espacio propio

Yanet es la más joven de las mujeres que dialogan con Las12, tiene 27 años, casada, con dos chicos, terminó la secundaria y es empleada, “yo nací y crecí aquí, me conmueve trabajar con las familias en el momento de la mudanza a la casa nueva, los acompañamos en todo ese proceso, es muy importante la contención, dejan la casa donde nacieron sus hijos y sus nietos, allí está su historia de privaciones, de alegrías y dolores, la dejan para ir a un lugar mucho mejor, pero igual hay angustia y nostalgia, todo es muy nuevo”.

Las mujeres de las Cooperativas también arman talleres para los que provienen de las viviendas más precarias, allí les enseñan la utilización y las precauciones que hay que tomar con la energía eléctrica, el agua corriente, las cloacas y servicios básicos.

“Hay que pensar que venimos de acarrear agua en baldes toda la vida, de tener cortes de luz a cada rato porque los cables no soportaban tanta carga, de vivir en espacios mínimos donde en un mismo ambiente tenés la cocina, el dormitorio, el lugar para comer, es un cambio inmenso. De pronto te encontrás con que tenés un ambiente que es sólo la cocina, un baño completo, un living comedor y dos dormitorios, un patio, un jardincito adelante. Salís a la puerta y las calles son trazados perfectos, no hay pasillos, entran y salen sin problemas las ambulancias, los patrulleros, los carteros. Y además pagás tus servicios y tus impuestos”, explica Susana.

Caminando por las calles de la urbanización se ven señoras juntando papelitos en las veredas, chicos chapoteando en pelopinchos armadas en los patios, pibes y pibas mateando al amparo de arbolitos incipientes. Aquí y allá la música de fondo, siempre entrañable, cumbia, rock, hip hop, tango, zamba, diferentes tonos para cantar penas y alegrías.

“Cambia la vida –dice Laura– los chicos dejan la calle, pasan mucho tiempo en su casa, empiezan a criarse de otra forma, traen amigos para hacer los deberes juntos, invitan chicos a dormir, se festejan los cumpleaños y vienen pibes de otros barrios, compañeros de colegio que antes no querían entrar a la villa. La familia empieza a funcionar de otra forma, desaparecen las discusiones por los espacios, cada uno tiene su propio espacio.”

Cuando los chicos de Palito llegan a la nueva vivienda, se la pasan en el baño apretando el botón del inodoro. Antes tenían que salir de la casa, con frío, calor o lluvia, para ir al baño precario o a la letrina. Presionan el botón y se maravillan. Todo es parte de un mundo nuevo y de la dignidad que siempre fue tan esquiva.

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