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lunes, 6 de abril de 2009

EL ODIO


El odio

Por Diego Tatián

Hay un cierto periodismo amarillo con veleidades intelectuales que profesa un odio visceral, epiléptico casi, por todo trabajo con las palabras renuente al inmediatismo ignorante con el que los grandes medios estropean la opinión pública. Es el caso del número de Noticias del 28 de marzo, cuyo estilo semeja de manera escalofriante el formato de la delación que adoptara la prensa servil durante la última dictadura: “cómo funciona la usina ideológica del gobierno”, es la leyenda, acompañada por la foto de cinco intelectuales como si de delincuentes se tratara (uno de ellos, David Viñas, ni siquiera participa de Carta Abierta, objeto de la nota). El amarillismo con veleidades intelectuales odia lo que no llega a entender, y no sólo en lo que a las ideas se refiere; no alcanza a entender, sobre todo, que un grupo de artistas, profesores universitarios, intelectuales y ciudadanos sin más haya decidido, no apoyar a un gobierno como tal, sino acompañar por considerarlas justas algunas importantes medidas de gobierno -sin dejar de criticar otras- que afectan los intereses de los dueños de todo, bajo la convicción de que la democracia es el instrumento idóneo para construir una sociedad menos injusta, y bajo la convicción de que esas medidas están en consonancia con el excepcional momento político latinoamericano actual. Esos mismos periodistas, que cobran de a miles por sus conferencias y por cada cosa que hacen –lo que no está mal, es su trabajo-, no pueden, no alcanzan a entender la existencia de gente que simplemente se compromete y escribe lo que piensa sin estar financiada. La sola posibilidad de que tal cosa ocurra escapa al radio de inteligibilidad del periodismo al servicio de los grandes media.
A juzgar por un artículo –canchero, sobrador, irrespetuoso- aparecido ayer (4 de abril) en La Voz del Interior, el “profesor e investigador en Ciencia Política de la Universidad Empresarial Siglo XXI” Claudio Fantini, leyó la revista Noticias. Y tres o cuatro días después hizo un refrito para La Voz…, pero introdujo un añadido con el que aún no contaban los periodistas que Fontevecchia mandó a infiltrarse en la asamblea de Carta Abierta: el cuerpo muerto de Alfonsín. En contraste con la sobria emoción que le tributó el pueblo argentino, y como la exacta contracara de la nobleza con la que el ex-presidente fuera homenajeado en vida y tratado tras su muerte por la presidenta Cristina Fernández, era de prever que comenzaría el saqueo de su símbolo y el lucro con su cuerpo apenas sepulto por parte quienes no se arredran ante nada para desacreditar al adversario, al que piensa distinto, o simplemente al que no entienden.
Me pregunto de dónde habrá sacado el investigador de la Universidad Empresarial Fantini que aquellos a quienes vaga y despectivamente llama “intelectuales oficialistas”, “colocarían a Raúl Alfonsín en la derecha”. El potencial irresponsable anticipa desde la bajada que va a decirse cualquier cosa, y en su núcleo temerario (“los intelectuales oficialistas colocarían a Alfonsín a la derecha”) es desmentido apenas un día después (o sea hoy domingo) por el artículo Horacio González en Página 12, capaz de pensar por muy encima de esa pobreza dicotómica que el articulista en cuestión procura adjudicarle.
Alfonsín ha sido uno de los grandes demócratas de este país; con su lucha por la recuperación de las libertades civiles inició la larga marcha de la democracia argentina que, tras la interrupción menemista, es retomada ahora en su dimensión más riesgosa: la necesidad, la obligación tantas veces postergada, de construir una democracia económica. En lo esencial, la actual obra de gobierno continúa la de Alfonsín, y se enfrenta a poderes que son los mismos: da algo de asquito ver al señor Biolcatti sobreactuando compunción en el sepelio de quien contribuyó a derrocar (no debemos olvidar que Alfonsín padeció un golpe de estado que lo obligó a adelantar la entrega de mando por los mismos poderes que buscan hacer lo propio con la actual presidenta; ni debemos olvidar que Alfonsín les dijo “fascistas” en la cara a los patrones rurales mientras lo silbaban). Y esto es así, entre otras cosas, porque Alfonsín jamás descuidó la importancia de las ideas para la política.
Una de las grandes piezas oratorias de la política argentina contemporánea, el discurso que Alfonsín leyera en Parque Norte el 1° de diciembre de 1985, fue redactado por Juan Carlos Portantiero y Emilio de Ipola, en contigüidad con otros intelectuales del Club de Cultura Socialista, a los que en coherencia consigo mismo el profesor Fantini habría mandado a comer lentejas. Momento excepcional, sin embargo, que registra una de las pocas alianzas entre pensamiento y política, de las que este país no es pródigo, y que constituye el antecedente más nítido con la actual experiencia de Carta Abierta.
La sensibilidad por las ideas y el respeto por quienes trabajan con ellas por parte de Alfonsín, y ahora de Cristina, es la exacta contracara del radicalismo y el peronismo de Córdoba -por no hablar de lo otro-, cuyo desprecio hacia el mundo intelectual es connatural al concepto de que la política se mide en metros de cemento. Así nos va. Aunque quienes tenemos memoria recordamos que cuando Angeloz era “rey” y señor de esta provincia no carecía de escribientes, que no desayunaban precisamente con lentejas; y recordamos también pretenciosas y megalómanas revistas que pretendían propinarnos desde el poder un relato presuntamente cultural, en tamaño desmesurado, inversamente proporcional a su interés. A lo mejor Fantini consideraría a este un caso de oficialismo “desinteresado”. En efecto, “cuando inspira y orienta desinteresadamente el poder -somos ahora pedagógicamente aleccionados- el aporte intelectual es valioso y digno; pero cuando es sólo un instrumento más del liderazgo… se trata de una labor indigna y miserable”. Claudio Fantini se permite así sugerir que intelectuales y artistas como Nicolás Casullo, Adriana Puiggrós, Horacio González, Daniel Santoro, Tristán Bauer, Ricardo Forster, Liliana Herrero, Daniel Feidenberg, Tito Cossa, el propio Enrique Lacolla y muchísimos otros que sería demasiado largo mencionar aquí, estarían envueltos en esa indignidad y miseria. ¿No será mucho –como escribió la sátira de La piedra en el zapato que se divertía con la presentación que Fantini hace de sí en su página Web?
La antigua tarea de pensar la política -que nada tiene que ver con espetar nombres de ignotos tiranos africanos con cinco apellidos (“apantallar”, llaman a esto los mexicanos), rayano en el kitsch periodístico-, es pasible como ninguna otra del equívoco, en virtud de que la contingencia misma es su materia; el esfuerzo paciente de interpretar los acontecimientos sociales e inscribirlos en un horizonte de comprensión deben estar, en su modestia y su espíritu crítico, atentos al lugar del poder. En este caso, ese lugar no está en el gobierno, aunque hasta ahora haya sabido manejar bastante bien, sin soberbia, con prudencia, los embates de los poderosos reales contra la ejecución del contrato electoral que la gente votó mayoritariamente. El gobierno es más bien un lugar de extrema fragilidad, que puede llegar a caer, no por lo que posterga o hace mal, sino precisamente por lo que está haciendo bien. Denunciar las fuerzas golpistas no procura hoy absolutamente ningún rédito; muy por el contrario, expone a quienes lo hacen a un odio mediático impiadoso y sin escrúpulo alguno si de difamar se trata.
Lo que hay más allá de la actual experiencia política no es un socialismo republicano respetuoso de las instituciones, como dicen los intelectuales conscientemente o no funcionales los grandes patrones sojeros y de los dueños de la Argentina, sino una “restauración conservadora” que desandaría el poco camino recorrido hacia la democracia económica, y que también haría tambalear la experiencia latinoamericana: los pueblos de Brasil, Bolivia, Ecuador, El Salvador, Chile, Uruguay, Nicaragua, Venezuela, Paraguay y la Argentina, tanto como sus gobiernos, saben perfectamente bien que el destino de uno es el destino de todos.

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