Bienvenidos al blog

Su opinión nos importa mucho

¡Gracias por visitarnos!

miércoles, 16 de diciembre de 2009

LOS SECTORES MEDIOS NO QUIEREN A LOS KIRCHNER

Antonio Berni

El malestar como síntoma Por Jorge Devincenzi
La clase media se sintió primero seducida y luego abandonada por un gobierno cuyo planteo distributivo no parece conformarla. ¿Qué consensos consolidó el oficialismo y con quién a lo largo de 6 años y medio? La pertenencia al Primer Mundo, una espina difícil de extirpar. Humoristas, anfitrionas de almuerzos televisivos, animadores de bailes del caño, presentadores radiales, actrices con domicilio en Miami, editores de Clarín y La Nación y taxistas de la ciudad de Buenos Aires –lo que la historiografía liberal denominaría “la parte respetable de la sociedad”– coinciden: ya no se soporta a los Kirchner. Claman por un acto mágico que los diluya en el aire, pero –grave problema– no aparece un Houdini al que aplaudir con ese entusiasmo frívolo que preanuncia rápidas decepciones. No es que militen una determinada doctrina partidaria, que vayan detrás de alguna patriada o se sientan parte de algún colectivo: comparten apenas una mezcolanza de opiniones de corte autoritario, librempresistas, progresistas y retrógradas a la vez, fácilmente rebatibles pero siempre letales, una ensalada de ratis, buchones y tipos de éxito. Sus apreciaciones son hábilmente modeladas por Aguinis, Paluch, Majul, Morales Solá, Iglesias, algunos de los actuales boom editoriales. El consumo de estos textos está sugiriendo incomprensión y desorientación porque los sectores medios se sintieron primero seducidos y (luego) abandonados por el gobierno. Por eso el malestar hoy es el síntoma. Nunca antes, nunca Los sectores medios están atacados por el síndrome del “nunca antes” y –apostando a su eventual sentido común – continúan atrincherados en sus viviendas. "Todo lo malo que en la vida me ha pasado ha sido por salir de casa", dijo Pascal en el siglo XVII. "Mucha gente perdió la costumbre de salir de su casa”, opina Eduardo Anguita respecto de la crisis de comienzos del siglo XXI en Argentina. La clase media clama: “Las calles han sido ganadas por la delincuencia”. Hay que reapropiarse de las calles, dicen, porque algo del discurso progresista les llega, y luego contratan a una seguridad privada, recurren al delivery y se conectan con el mundo por Internet. Para el analista Ricardo Rouvier, lo que hace síntoma en la calle es la crisis estructural no resuelta. Para estos sectores se roba como nunca antes; la inseguridad y el delito han llegado a extremos inauditos, y nunca hubo tanto ensañamiento de los chicos delincuentes. Aunque algunas evidencias señalan que la situación no es tan grave, sin duda, la clase media no escucha, es ciega y sorda y sobre todo, desmemoriada. Afirma un taxista: “Los Kirchner se han quedado con toda la Patagonia”, ya no corre el “roban pero hacen” que desculpablilizaba a Menem, era el “hacen” de un cómodo e ilusorio dólar barato que se convertiría en una monstruosa e impagable deuda externa que pesará sobre nuestros hijos, y los hijos de nuestros hijos. Nuestros, es decir, también los de ellos. Dice Rolando Hanglin en una nota periodística donde, muy de paso, revive la tramposa hipótesis menemista del atentado a la AMIA: “El señor González (probablemente una caracterización de él mismo) está espantado por los homicidios, asaltos y violaciones que cometen muchachitos de 12, 13 y 14 años. Considera que se les debe dar un castigo igual al de los mayores, ya que sus crímenes son propios de adultos”. Expresiones que se expenden entre estos sectores: códigos eran los de antes, el ladrón era un “señor” ladrón. Los chicos sólo robaban mantecoles, en cambio hoy quieren tu vida y abusar de tu hija además de tu celular último modelo. ¿Qué cambió, entre otras cosas? Que antes las cárceles de la Nación debían ser “... sanas y limpias, para seguridad y no para castigo de los reos (art. 18 de la Constitución Nacional)”. Ahora se sigue sosteniendo que deben ser “Grandes, espaciosas, civilizadas”... pero eso es lo de menos. Lo que verdaderamente importa es que sean “seguras, en el sentido que los criminales no puedan escapar hasta que hayan purgado sus condenas, que en delitos graves (asalto con armas, homicidio, violación) deberían ser de por vida”. Quien esto escribe dio hace unos meses una serie de charlas (durante el ciclo Café-Cultura de la gestión Nun) en el Complejo Federal 1 en Ezeiza, y quien le abrió la puerta blindada de una de las denominadas Unidades de Máxima Seguridad no fue un miembro del SPF sino el Rafa Di Zeo, doy fe. Experiencia que les daría pie a estos sectores a afirmar: “Con cuatro o cinco colgados en la Plaza, este país sería otra cosa”, aunque no terminan de decidir si los colgados serán Mussolini y Clara Petacci o un pibe chorro. Fantomas El malestar se ha apoderado de nosotros: hay malestar estomacal, por estos días, por exceso informático e informativo, por esas agotadoras doce horas de trabajo, por cortes de calles y avenidas que entorpecen el tránsito, porque la ropa de temporada está cara, por los tarifazos, por la lucha contra el tabaco... El malestar –“desazón, incomodidad indefinible”, según lo define la Real Academia– se ha apropiado de las campañas mediáticas. La exposición diaria a la televisión en la que se machaca decenas de veces sobre el malestar y los malestares, genera que al cabo de una jornada se sienta un auténtico malestar, impreciso, como las neurosis y angustias de los adolescentes, que son difusas, ambiguas, oceánicas, aunque no hayan oído jamás de las disputas entre Thénon, Blejer y Politzer. Esta parte “respetable de la sociedad” sufre melancolía crónica y lo expresa dramatizando el síntoma. Buenos Aires, como cualquier otro conglomerado urbano de la Argentina, parece Beirut en lo peor de una guerra crónica. Escuchan sirenas imaginarias, enfrentamientos ilusorios entre bandos a balazos, pero son reales el tránsito caótico y los excluidos guarecidos bajo las autopistas y se concluye: “Macri no puede porque el gobierno nacional no lo deja”. No se trata de un cierto “Malestar de la cultura”, no pretendamos tanto. Hay nostalgia por un orden pasado donde todo estaba en su lugar y existía una autoridad y una fuerza, no la del Yedi que eso sería otro cantar, sino la de la violencia estatal ilegal, hasta hace poco la UCEP. Construcciones Durante la campaña electoral de junio, el embaucador colombiano tañó las cuerdas del Paraíso Perdido refiriéndose a ese policía que es uno más en el barrio, un amigo de la casa. Rolando Hanglin fue más allá en su cocoliche: mediante lamentables traspolaciones históricas propias de los deshonestos que promueven intencionalmente la confusión conceptual para enmascarar la realidad, comparó al fraile Aldao y al general Roca con el comisario Meneses, el Malevo Ferreira... y Patti, el numerario de lesa en Marcos Paz. Olvida mencionar en su recorrida de Billiken sobre la historia nacional al austríaco y napoleónico coronel Rauch, quien se dedicaba a degollar ranqueles en Sierra de La Ventana (sobre todo mujeres y niños, para matar el mal de raíz) hasta que fue desollado por el cacique Arbolito en Las Vizcacheras. El hippie añoso exige: “Un Policía de mano dura”, con mayúscula, en otras palabras, la vuelta de los Rauch. La incongruente pero nada inocente referencia de Hanglin al Fraile Aldao nos permitiría recordar que en el 2008 fue detenido un abogado de apellido Cincotta, ex - miembro del Consejo Académico de la Universidad de Mar del Plata, no un picapleitos del montón. Cincotta, integrante de la Concentración Nacional Universitaria (CNU), participó con militares en el secuestro y homicidio del doctor Norberto Centeno, autor de la Ley 20.744 de Contrato de Trabajo de 1974 que la dictadura reformara apresuradamente en mayo del ‘76 derogando los principales derechos que antes reconocía y protegía. Dice Hanglin: “el derecho de huelga no debería existir para los gremios de estricto servicio público, como los docentes, los transportistas, los médicos, los policías, enfermeras”. Terminemos con los reclamos sociales de una vez, los movimientos sociales son la nueva forma de la guerrilla subversiva. Tiempos de revancha El hippie viejo, que expresa bastante bien el pensamiento de una buena parte de los sectores medios (al que, como veremos abajo, hay que agregarle algún condimento progresista), echa de menos una noticia que comunicaría emocionado en su programa de intercambio de parejas por Radio 10: “Hay malestar en las FFAA” porque clama por otra vuelta de revancha: “Cuando ve que el Estado se propone urbanizar las miserables barriadas, otorgando a cada ocupante el título de propiedad de una casa que no compró, siente el gusto de la bilis en la garganta. Todo vale. Todo cuesta. Todo se paga. ¿Cómo puede haber propietarios que no compraron lo suyo? Al señor González le parece injusto: piensa que equivale a alentar la usurpación, masiva y por la fuerza, de casas y tierras”. El malestar es palpable porque los sectores medios no están de acuerdo con el planteo distributivo de este gobierno, un gobierno que en los primeros tiempos de 2003 los mimó bastante, lo que lleva a preguntarnos una vez más qué consensos consolidó el oficialismo y con quién. Es claro que no se puede conformar a todos en aras del mal denominado bien común porque la unificación de intereses no existe ni conformar a todos se puede. Y por flanco progre El irremediable equívoco del bien común, una construcción de la Iglesia medieval que cierto hegelianismo reivindica, se cuela por derecha pero también por izquierda. Disputas de café: “Palacios fue el autor de las leyes sociales”. ¡Cómo no! “La UCR representa a los sectores medios”, cuando sus fundadores, Leandro Alem, Aristóbulo del Valle, Bernardo de Irigoyen, pertenecieron a la elite ganadera de la generación del ‘80. La “caracterización del peronismo” fue una de las causas, no la única, de la eterna fragmentación cariocinética de la izquierda local, y eso tuvo influencia en la constitución de la ideología de los sectores medios. Como las distintas “interpretaciones” de origen marxista, habilitaban distintas cosmogonías; al bajar a lo particular, esto denominado Argentina, las visiones terminaban siendo irreconciliables por razones ajenas a su génesis. En la visión más clásica y caritativa, el “error” de Perón y el peronismo habría consistido en hacer de todo trabajador un individuo de clase media con acceso a la vivienda, auto, salud, cultura, educación, etc., algo que se alejaba poco y nada de la utopía fordista. Se concluía –siempre en esa visión benigna, porque había peores– que eso convertía a los peronistas en reformistas irremediables, alejándolos de la Palabra Revelada, el materialismo histórico, la conciencia proletaria. El peronismo no llegaba a clasificar como menchevique. Para Silvio Frondizi (asesinado por la Triple A en los ‘70), el peronismo era bonapartista por el papel central del ejército en su conformación, aliado con sectores de la burguesía industrial y en consecuencia antidemocrático en esencia, lo que lo emparentaba lejanamente con las tesis desarrollistas de la época. Para algunos el peronismo era fascista, para otros reformista y para muchos, algo incomprensible, una especie de dictadura caribeña al estilo Bananas de Woody Allen. Todavía hoy resuenan esas viejas interpretaciones: a raíz de la cuestión de la Resolución 125, Eduardo Grüner y Atilio Borón polemizaron en abril de 2008 en Página 12 sobre el eventual papel burgués o reformista del gobierno de Kirchner. En la clasificación marxista clásica de gobiernos (burgueses, reformistas y revolucionarios) Borón duda como Hamlet entre la primera y la segunda de dichas opciones. De Vanguardia Comunista al diario Clarín, Beatriz Sarlo se contradice de todo lo pensado y actuado anteriormente convirtiendo al peronismo, como diría Raúl Carnota, en un pecado de juventud. Al asumir como Secretario de Cultura, el cineasta y plástico Jorge Coscia hizo público un reportaje en el que, con la didáctica propia de quien intenta explicar una idea compleja a una audiencia inexperta, y provisto de una infinita paciencia, instruye al público europeo sobre eso llamado peronismo, un hecho que se sigue resistiendo a todas las miradas proscriptivas del Centro, desde La Ideología Alemana de Engels hasta Don’t cry for me, Argentina de Lloyd Webber y Alan Parker, de la filosofía al show bussines en la democracia del consumo masivo y la eclectización del pensamiento. Y se lo menciona porque si es plausible que un ucraniano no entienda la naturaleza del peronismo histórico, lo cierto es que Coscia habría encontrado la misma incomprensión en un auditorio parisino y en el Alto Palermo Shopping. Alienación colonizada En ese equívoco histórico y constitutivo de “civilización o barbarie” del que no se ha salido, “la civilización” (con las máscaras “civilizadas” de la educación y la cultura, las más mediante la barbarie) se ha impuesto en términos de “clase” y “raza”, como lo explica Ezequiel Adamovsky (historiador UBA/Conicet) en “Gringos y Negros”. Además, los sectores medios comparten el “sentido común” y la ideología de los sectores dominantes pero no se identifican entre sí por homogeneidad de ingresos sino por una determinada mirada. “A pesar de que se consolidaron en las décadas del ‘40 y el ’50 con el peronismo en el país, construyeron un imaginario de clase diferente al de los sectores populares, despegándose del negro o criollo que tenía vinculación con los habitantes de los pueblos originarios, el de adentro, e identificándose con el gringo descendiente de europeos. En los tiempos de la globalización, bajo los imperativos del mercado y la lógica del consumo, la clase media se esfuerza en adquirir un estilo de vida más seguro y distante de la violencia urbana. Por ello tienden a fugar a barrios cerrados en la periferia de la ciudad, conectados a complejos comerciales, educativos y deportivos, un fenómeno que acentúa cada vez más la segregación del tejido social” explica la profesora Eliana Gabay (UNCuyo), quien agrega: “este nuevo habitus exacerba el individualismo en los sectores medios, enajenándolos de los sectores más bajos de la escala social, que son ahora internalizados como los de afuera”. Nada nuevo, entonces No es la primera vez que los sectores medios están cruzados por tal mezcla de nostalgia, angustia y malestar. Historiando el tango, Blas Matamoro percibe algo parecido en los inmigrantes derrotados por el sueño perdido de hacer la América. El Viejo Ciego, de Piana y Castillo, está “lleno de pena, lleno de esplín”, y a su muerte, “los curdas jubilados, sin falsos sentimientos, con una canzoneta le harán el funeral”. Pero aquello, las letras de Cátulo y el decarismo, era un malestar expresado en lo estético. El actual se refiere a la pertenencia al Primer Mundo no solo en términos simbólicos (que eso ya lo tienen) sino sobre todo materiales, tras la fugaz fantasía menemista de una Argentina a imagen y semejanza del Centro que no existe. En realidad el memento mori de una burguesía nacional que tampoco existe.

Fuente: REVISTA ZOOM- 4/12/09

Octavio Getino habla sobre la Ley de medios

SOY LA MIERDA OFICIALISTA

ULTIMOS COMENTARIOS