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jueves, 25 de noviembre de 2010

EL DÍA QUE CONOCI A NESTOR KIRCHNER


Una vez, por esas casualidades de la vida, pude hablar telefónicamente con Néstor Kirchner. Quizás, porque esto se lea en un blog, puede sonar a mentira, o por lo menos, raro para el lector, pero así fue. De nuestra charla, no hay mucho para decir, un cordial saludo de ambas partes, y una frase que me marcaría. “Ya nos vamos a conocer” me dijo. Soñé por mucho tiempo con ese encuentro. Soñé por mucho tiempo con ese abrazo. La mañana del 27 de Octubre, no tiene por lo menos, explicaciones sencillas o breves. Es uno de esos días en los cuales todos recordaremos dónde estábamos, qué estábamos haciendo y cómo nos enteramos. Minutos después de conocer la noticia, mi novia me tomo de la mano y juntos fuimos a Plaza de Mayo. En silencio. Solo el llanto quebraba ese ruidoso silencio. A medida que las horas pasaban, miles y miles de personas se acercaban. ¿Cómo explicarle a quien no estuvo en esa Plaza lo que se vivió allí? ¿Cómo expresar lo que uno sentía al ver a los “viejos” hacer fuerza para quedarse un rato más, y a los nenes llorando con sus dibujos en mano? Ya por la tarde, la plaza estaba llena, y por un momento tuve un sentimiento egoísta. Me dio tanta rabia no haberlo conocido, me molesto tanto no haber podido darle un abrazo, que llore hasta más no poder. Solo quería eso. Darle un abrazo. Llore tanto, pero tanto, que al detenerme y abrir nuevamente los ojos, veía todo nublado. Fue en ese momento, mientras me refregaba los ojos, y cuando todo parecía haberse quedado en silencio, que vi, por un instante, todo de otra manera. Miré nuevamente a los viejos. Nuestros viejos. Esos viejos a los que su propio cuerpo les suplicaba volvieran a su casa, aunque su corazón les impedía irse. Esos viejos, viejos sabios, sabiduría pura de nuestra nación, corazón vivo de nuestra Argentina, no se movían, ahí estaban. Firmes. Mire a los niños, y note en su mirada, que entendían realmente lo que estaba pasando. Vi en sus ojos un fuego inmenso, un fuego que no se iba a apagar. Los vi dibujando a Néstor en el cielo, los vi llorando al lado de sus padres, y los vi escribiendo “te quiero” y “gracias”. Quizás, con las dos palabras que más nos cuesta decir, esos niños nos estaban enseñando un nuevo camino. Observé a los adultos. Estaban en silencio, caminaban y observaban. Casi no hablaban. Pero su silencio decía mucho. Sus ojos apagados, sus miradas cómplices, seguramente, un paso delante de todos. Ellos se calzaron los pantalones, pusieron la cara de piedra y a pesar de que a algunos los delataba un brillo particular en sus ojos, que imploraba por el suspiro de una lágrima, le pusieron el pecho a la situación y fueron nuestra contención. Y de golpe el silencio se rompió. Una música hermosa llenaba mis oídos, recorría mi alma y llenaba mi corazón, un corazón al que ahora le sobraba lugar. Era la juventud. Esa juventud maravillosa hacía rugir a la Plaza. Esa juventud que con sus canciones le robaba la sonrisa a algunos, y le traía recuerdos imborrables a otros. Esas canciones con las que nos juramos recorrer el país en su nombre. Esas canciones que Néstor nos incitaba a cantar. Esas canciones con las que lo seguimos a todos lados. Esas canciones que le sacaron una sonrisa e incluso, lágrimas. Esas canciones que le hacían recordar su juventud. Esas canciones que un militante, quisiera que le canten en su despedida. Entonces entendí todo. Una brisa leve me sorprendió y, me llenó de vida. Un aire de esperanza rozaba mi rostro. Un viento del sur acariciaba mi ser. Mi estado más egoísta me había llevado a encontrarme con esa verdad. Mi capricho por conocerlo me había mostrado la más pura y hermosa de las realidades. Mi sensación de alivio termino de convencerme de que finalmente, lo había logrado. Esa tarde del 27 de Octubre, Néstor me dio una última enseñanza. Esa tarde cumplió su promesa. Esa tarde, en el fuego de los niños, en la esperanza de los jóvenes, en el dolor de los adultos y en la sabiduría de los viejos, vivía Néstor Kirchner. Se había convertido en amor de su pueblo. Y lo abracé.


por Emmanuel Stasi


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