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jueves, 14 de mayo de 2009

Militancia, clase media y elecciones


Diego Dayer (Córdoba) "Ser Parte"
Militancia, clase media y elecciones

No se trata de buscar una definición académica. Según los tiempos que corran, la militancia puede ser recordada como el valor temerario de jugarse la vida en la clandestinidad o, en otro sentido, de tener una austeridad rayana con el despojo material. Valgan para estas dos versiones, épicas, sobrados ejemplos autóctonos. Porque pese a que muchos todavía descreen de la valentía entre los luchadores de los 70, hubo miles y miles que se jugaron por causas nobles. Y no es cierto que, fatalmente, hayan caído los mejores. Ése es un mito estúpido, fabricado a la medida de los operadores light de la política en este cuarto de siglo democrático. Pero un pasado temerario y/o ético no es garantía de un presente glorioso. En estos tiempos se hace más culto al éxito personal que a la entrega por ideales o por el compromiso político. Pero en estas transformaciones se rescatan muchos combatientes que devinieron, por caso, fervientes defensores del medioambiente, los derechos de los niños o la militancia contra las drogas. Es fácil reducir estos cambios a la idea de que algunas antiguas fieras aburguesadas devienen leones herbívoros.
El desafío es pensar por qué algunos militantes tratan de ser intérpretes del tiempo que se vive. Con la bronca de 2001 reapareció un hecho colectivo marcado por el voluntariado social. En cooperativas que no siempre prosperaron o en grupos territoriales que juntaron las reivindicaciones básicas con una nueva forma de hacer política que es tan vieja como la historia: pelear contracorriente con la dignidad de lo inmaterial hasta que el desgaste, por la falta de recursos, corroa toda posibilidad de sostenimiento.
Pero algo interesante se instaló a partir de mayo de 2003: la pelea por los planes sociales le dio a la militancia un equilibrio que esta pacata sociedad burguesa no quiere aceptar. Un grupo de militantes barriales que hace cooperativas de vivienda, capacitación para madres que luchan contra el paco o comedores hace un trabajo tan digno como cualquier otro. Los del discurso sistémico dirían “gestionan”, pero claro, jamás le van a dar a un morocho que no tiene todos los dientes en línea semejante espacio en el discurso.
La realidad es que las organizaciones libres, bajo el nombre que fuera, resolvieron miles de cosas en estos años. Y expresaron un hecho social que es estructural: la falta crónica de blanqueo laboral, la incapacidad de multiplicar planes de vivienda o de dar soluciones a los argentinos que no entienden “la inclusión” como el camino. ¿Por qué tiene un villero que desterrar su identidad al incorporarse al capitalismo, que es el modelo que reproduce la exclusión y, en contadas excepciones, genera estímulos como para que cada cual se integre conforme a sus propios valores e identidades?
Clase media y elecciones. La marcha de Hugo Moyano merece felicitaciones. Revela la capacidad de construcción del líder de la CGT, pero también pone de manifiesto la cantidad de recursos que tiene. La masividad y la representación son una conjunción que canaliza las necesidades de los representados. En este caso, del sector mayoritario de los asalariados en blanco. Pero, ¿y los otros sectores? ¿Acaso no hay una buena porción de argentinos que se identificaron, más que con el kirchnerismo, con lo que este movimiento dio de participación a sectores postergados?
Sin dudas, hay un amplio sector de la clase media que logró cierta estabilidad y prosperidad económica que no “siente” que esto sea el resultado de una política sostenida. Son sectores que, históricamente, aunque se beneficien con un gobierno de tinte popular, no tributan a los movimientos populares. Pesa, sin duda, más la cuestión cultural de identificarse con los valores de las clases más acaudaladas que con los de abajo. La tolerancia ante esos sectores –por más que sean políticamente adversos– es necesaria. De lo contrario, el desgaste es muy alto. Para esos sectores medios, la identificación con tal o cual político o partido es eventual.
Por épocas, como lo demostraron en 2005 y 2007 hasta premian a sectores peronistas de raíz histórica combativa y radicalizada. No lo va a ser en las próximas elecciones. Sólo algunas porciones de las clases medias reconocerán los logros del país dándole el voto al kirchnerismo. Otros tantos, ajenos al sentido de la mística militante se volcarán al “estoy podrido” del populismo. Pero no todo se reduce al color y al número de la boleta electoral. Un caso paradigmático lo constituyen los de Red Solidaria, cuya figura más conocida es Juan Carr, alguien que no se suma a la locura de la inseguridad pero tampoco se muestra en actos partidistas del kirchnerismo. Una genuina expresión de compromiso con clara raíz clasemediera.
Movimientos sociales.
Buena parte de los movimientos sociales expresaron, en estos años, la dispersión de buena parte los sectores excluidos que tuvieron como referentes a movimientos de izquierda, peronista y no peronista. Quizá Libres del Sur, más Evita, más el Frente Transversal y la Federación de Tierra y Vivienda mostraban que se trataba de un conglomerado nada homogéneo pero, eso sí, muy potente.
Porque permitía el asambleísmo, porque tenía como referentes a muchos viejos cuadros de los 70, porque echaba raíces en barrios excluidos y porque mostraba que había reservas como para dar la pelea contra los intereses más privilegiados. El gran éxito del kirchnerismo fue mantener equilibrios, no casarse con nadie pero estar en el día a día de los recursos que esas organizaciones precisaban.
El tablero político y cultural parece haberse corrido un par de puntos a la derecha. Los partidos de oposición están sólo de acuerdo en incorporar a los candidatos “del campo”, con la evidente intención de dar quórum a cualquier proyecto que les garantice bajar retenciones y aumentar la renta. Ahora, de nada sirve pelearse con la sombra. Hay que seducir a sectores medios dispuestos a ver a referentes sojeros como ídolos y luego tomar conciencia de quiénes son y qué quieren. Pero, además de eso, hay que darle cabida a los grupos sociales.
El caso brasileño es ejemplificador, aunque tiene una historia distinta: primero construyeron poder en los territorios, con los presupuestos participativos en los niveles municipales, disputando leyes en cada Estado y en cada territorio. Así, el Partido Trabalhista pudo mantener el carácter de partido de masas que tiene. Y cuando llegó al poder, de a poco, fue instaurando entes autonómicos para administrar fondos del Estado en temas muy caros a la izquierda militante. El programa Hambre Cero tiene su presupuesto y su ente de gobierno bastante ajeno a los vaivenes de coyuntura.
El peso de la CGT es muy grande como para desconocer el paraguas que pueda brindarle a sectores sociales. Pero limitar la representación de los trabajadores, en blanco y en negro, de los excluidos en esa única entidad es una jugada que en vez de abrir la cancha, la restringe. Paco, inseguridad, vivienda, chicos de la calle, trabajo registrado, comedores, cloacas, cooperativas autogestionarias, la lista sigue.
Tanto por las demandas como por la cantidad de grupos que pugnan por representar a sectores sociales castigados. Hoy importa que este proceso político, social y cultural se siga pareciendo a sí mismo y le dé cabida a muchos sectores para que se expresen y hagan valer sus necesidades. De eso se trata, en definitiva, una visión militante de la política: de la posibilidad de que los más postergados puedan pulsear por lo que reclaman.
Por Eduardo Anguita

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